Una armónica en Ponzano - Soldadito Marinero Blog

Una armónica en Ponzano

Era una de esas noches en que me iba a quedar en casa, pero me llamó un amigo y accedí a tomarme una cerveza en la calle Ponzano de Madrid.

Hacía frío. La calle estaba repleta de gente y un músico trataba de hacerse oír con su armónica desde un portal. A veces escucho a amigos que regresan de sus viajes a países en desarrollo contando sorprendidos el enorme contraste que encuentran allí. Barrios en los cuales conviven chabolas con lujosas casas, a veces incluso compartiendo fachada. La verdad que no hace falta ir tan lejos. Observé al músico y a la multitud que pasaba a su lado buscando un restaurante para cenar, sin siquiera percatarse de su presencia. Yo, en la mayoría de los casos, soy como esa multitud, indiferente al sufrimiento cotidiano. Una indiferencia nacida de la costumbre, por eso sólo nos sorprendemos cuando viajamos.

Volvamos a Ponzano. Se trata de una calle bastante iluminada, más por las luces que salen de los bares que por las escasas farolas que hay instaladas. La mayoría de establecimientos tienen un enorme cristal a modo de escaparate, por donde se pueden observar parejas cenando, grupos de amigos en la barra y algún lobo solitario en busca de alguien con quien charlar.

Todos los sitios estaban repletos. Siempre que salgo un día no esperado (era lunes) pienso en toda esa gente que hay cada día ahí fuera mientras yo, en circunstancias normales, estaría en el sofá de mi casa, ajeno a toda ese ajetreo. La vida que no para un instante.

Prosas Apátridas, Julio Ramón Ribeyro (1975)

Observando estos escaparates de vidas minúsculas, me preguntaba cuántas parejas de las que allí cenaban se habían conocido en Tinder y hoy era su primera cita. Sonrisas tímidas, esfuerzos por mantener viva la conversación y gestos nerviosos. Indecisión mirando la carta, han leído en algún sitio que en una primera cita nunca se debe pedir espaguetis ni calamares en su tinta.

Recordé a una amiga que me dice que todo ese preámbulo es lo que le da pereza para empezar una relación. Le gustaría saltarse todo ese protocolo, conocer a alguien y directamente no tener que preocuparse por camuflar sus manías o por acostumbrarse a las de él, poder estar relajada sabiendo que no hay porqué fingir ser más interesante de lo que realmente es. Poder coger la carta del menú y elegir un plato de espaguetis sin miedo a que sean demasiado largos para enrollarlos en el tenedor a la primera. Dice que no le apetece esa travesía hasta que pueda estar cómoda con alguien, aunque años atrás esa travesía es lo que le hacía saltar el corazón del pecho.

Por fin llegó mi amigo, que antes de decir hola me contó que estaba impactado por una película que acababa de ver en el cine. Me dijo que tenía que ir a verla enseguida, recreándose en todas las virtudes de la cinta. Pensé que ésa era precisamente la mejor forma de que la película me decepcionase cuando la viese. Levantar expectativas. Y es que, desde hace tiempo, cuando me gusta mucho una película o un libro y tengo que recomendarlo, me limito a un simple “no está mal”. De otra forma sé que, con casi toda seguridad, resultará decepcionante para la otra persona.

Después de esta introducción cinéfila entramos en un bar. Cada ronda la pagaba uno, sin importar quién había empezado o quién iba a pagar la última. Se agradece salir con alguien así, que no está preocupado por si al final de la noche habrá puesto cincuenta céntimos de más o de menos. Él siempre dice que la diferencia entre ser tacaño y generoso en este tipo de planes, puede ser de 50 euros al final de un año entero. Los mismos 50 euros que te gastas en la matrícula del gimnasio para luego no ir. Creo que tiene razón, prefiero empezar el año asumiendo esa pérdida y estar tranquilo el resto del año, sin preocuparme de si he pagado una ronda de más.

Una cerveza se convirtió en tres o cuatro, como suele ocurrir, y allí seguíamos arreglando el mundo a nuestra manera. Esta vez le tocaba pedir a él, así que aproveché para ir al baño. Pero algo tan aparentemente sencillo puede no serlo en absoluto. En su afán por parecer cada vez más originales, los dueños de los locales han olvidado que lo más importante es saber a qué baño entrar. Así que inventan nuevas figuras, símbolos o vete a saber qué, para señalizar algo tan simple como cuál es el de mujeres y cuál el de hombres.

He encontrado lápices y sacapuntas, tornillos y tuercas o incluso un sombrero que parece una pamela y un pintalabios que podría ser un cigarro. Una vez me topé con dos pequeños cuadros de arte abstracto que supuestamente simbolizaban ambos géneros. Muy bonito, eso sí, pero tuve que elegir la puerta al azar.

Esta vez, tras mirar alternativamente ambas puertas decidiendo qué símbolo era más masculino, acerté. Antes de salir me lavé las manos y me miré al espejo. Cuando iba a la Universidad y salía de noche ese vistazo a mi reflejo era un momento importante. Porque tomabas conciencia de cómo te veías esa noche. La diferencia entre volver a la pista de baile a comerte el mundo o volverte a casa de forma prematura. Siempre me preguntaba (y lo sigo haciendo) si la enorme diferencia que apreciaba en mí mismo entre unos días y otros, era también percibida por los demás. Porque yo al resto los veía prácticamente iguales todas las noches.

A la vuelta mi amigo estaba mirando al infinito, signo inequívoco de que había entrado en “modo conversación profunda”. Cuando llegué a su lado me lo confirmó con esta pregunta -¿Tú saldrías con alguien como tú?

La verdad que no era ninguna tontería, es algo que me he preguntado muchas veces. Podía haberle contestado con alguna frase de Woody Allen o de Grouxo Marx, o con un resumen de este post que escribí, pero decidí contestarle con esta escena de Emilio Duró. (Ya sé que te cuesta pinchar en los vídeos, pero dura 10 segundos)

Una pena que, aunque conozca la teoría, a veces cueste aplicarla.

Estando en el bar entró un antiguo compañero de clase. No lo había visto en años, pero nos dimos un abrazo. Comentamos las típicas cosas triviales y nos despedimos con un “a ver si quedamos algún día”. Pensé que despedirse de alguien con esa frase es garantía de que no le volverás a ver, al menos hasta que una casualidad lo ponga otra vez en tu camino.

Mi amigo había avisado a tres amigas suyas para que viniesen al bar. A pesar de la enorme cola que había fuera, lograron colarse tras una breve conversación con el portero ante la mirada amenazante de los que esperaban. Una vez dentro, una de ellas nos dio a cada uno un beso en la mejilla para saludarnos. Lo comento porque nos dio un beso, pero de los de verdad. La mayoría de gente simplemente roza su cara con la del otro. Yo estoy en ese grupo, siempre me ha parecido imposible que dos personas se puedan besar en la cara a la vez. Estudié 4 asignaturas de física en la carrera para entender que, si uno gira la cabeza 90 grados, las cabezas quedan perpendiculares y el otro no llega. Es imposible. Punto. Y eso nos ha convertido en un mundo de rozadores caras.

Así que de alguna manera admiro a la gente que da besos en la cara de verdad. Es decir, que pone sus labios en la mejilla de forma decidida y la besa, con sonido y todo. La persona que recibe el beso se suele quedar con cara de circunstancias y con la imposibilidad de corresponder el gesto, pero siempre resulta agradable saber que aún quedan besadores de mejillas, más allá de las abuelas.

Una vez recompuestos tras el inusual impacto recibido en la mejilla, la conversación no fluía. Eran amigas de mi amigo, así que yo había dado por supuesto que los esfuerzos porque la cosa fluyese correrían de su parte. Pero él no parecía dispuesto a hacer nada por ayudar. Ante tal situación, tuve que recurrir a un comodín que nunca falla. A la que se ha convertido en la salida fácil para los silencios incómodos cuando en la cena de Navidad de la empresa te toca sentarte junto al responsable de contabilidad, a quien apenas conoces. Perdón por el desahogo, pero acabé sabiendo más de los gustos seriéfilos de ese hombre que de cualquier amigo mío. Porque el tema es ése, las series de televisión. Algo de lo que casi todo el mundo tiene algo que decir.

Me limité a un leve “ejem… pues antes de salir hoy estaba en casa viendo un capítulo de… mmm… ¿cómo se llama esta serie nueva?”

Bastó con esa frase para que el silencio previo se tornase en un torbellino de comentarios para intentar dar con el título de la serie. Salieron a la palestra nombres de series que desconozco, y cuando alguien por fin dijo una serie de la que había visto un par de capítulos asentí con entusiasmo. “Ésa, ésa es!”

La chispa ya estaba prendida, tuvimos conversación para rato. Que si House of Cards, que si The Crown, que si Juego de Tronos… Yo siempre he sido más de series de capítulos cortos e independientes, tipo Friends, que de películas eternas de 7 temporadas con un principio y un desenlace. Además, con este tema siempre se apodera de mí cierta sensación de ansiedad, una sed imposible de saciar. Porque cuando te recomiendan un libro o una peli, con que le dediques unas horas al tema lo dejas liquidado. Pero cuando te recomiendan una serie que lleva emitiéndose 7 temporadas con 12 capítulos de 50 minutos cada uno, cuidado. Aquí la inversión de tiempo si quieres “ponerte al día” es considerable.

Así que siempre tengo la sensación de que hay mucho por ver y poco tiempo para hacerlo. Mi “wish list” de series, libros y películas no deja de crecer y mengua a una velocidad ínfima. Hay series en mi lista que llevan ahí desde hace una década. Si tuviesen sentimientos verían resignadas cómo nuevas incorporaciones a la lista las adelantan en cuando a prioridad. Porque con las listas no funciona el concepto FIFO, aquí llevar más tiempo suele significar menos probabilidades de salir.

A veces, cuando estoy leyendo, me sorprende que escritores de los que me separa casi un siglo sintiesen las mismas cosas que yo:

El caso es que, cuando veo un par de capítulos de una de esas series que recomiendan como la-tienes-que-ver-sí-o-sí y no me gusta, en el fondo me alegro. Una menos.

Además, no sirve sólo con ver series o leer los libros de la lista. Luego viene la frustración por retener conocimiento. Esa sensación cobra especial importancia cuando estoy mirando artículos en internet, en revistas o en el periódico. Mientras voy leyendo ya estoy pensando que me olvidaré a no ser que lo anote en algún sitio. Por eso desde que escribo intento dejar rastro de todo lo que pueda serme interesante para una entrada, lo que ha convertido mi mesa en una acumulación de notitas que a veces ni yo mismo entiendo, y mi bandeja de correo en un repositorio de mails enviados a mí mismo para recordar las ideas que se me pasan por la cabeza.

El caso es que acabé la conversación de las series con otras cuentas para anotar en la lista al llegar a casa. Como cuando vuelvo de un viaje redentor y quiero cocinar cientos de platos, hacer miles de planes y ver películas o series que me han recomendado.

Y con la conversación sobre series y estos pensamientos terminó la noche.

Cuando salí del bar vi que había empezado a llover. Las calles estaban más vacías que una hora antes, pero el músico de la armónica seguía allí, tocando bajo la lluvia. Y pensé que seguro que su “wish list” es mucho más liviana que la mía. Que su preocupación en este momento es encontrar un techo donde dormir o algo que llevarse a la boca. Y que, mientras yo quiero saberlo todo y ver todas las series del planeta, quizá él se conforma con poder tocar con su sencilla armónica en la calle Ponzano, esperando a que alguien repare en su presencia.

 

@Soldadito_m

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