Soldadito Marinero Blog http://soldaditomarinero.com Pongamos que hablo de ti. Cine, libros y sueños. Wed, 18 Oct 2017 18:38:37 +0000 es-ES hourly 1 101312151 Dejar que te pasen cosas http://soldaditomarinero.com/dejar-te-pasen-cosas/ http://soldaditomarinero.com/dejar-te-pasen-cosas/#comments Wed, 18 Oct 2017 18:38:37 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1203 Carpe diem, salir de tu zona de confort, vivir persiguiendo tus sueños, a contracorriente, fuera del rebaño… Nos lo han contado de muchas maneras. Sin embargo, el otro día di con una frase mejor en un artículo sobre la llamada generación Beat de escritores, aquellos que hicieron de una vida aventurera su estilo propio. Su […]

La entrada Dejar que te pasen cosas aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
Carpe diem, salir de tu zona de confort, vivir persiguiendo tus sueños, a contracorriente, fuera del rebaño… Nos lo han contado de muchas maneras.

Sin embargo, el otro día di con una frase mejor en un artículo sobre la llamada generación Beat de escritores, aquellos que hicieron de una vida aventurera su estilo propio. Su estilo de vivir y de escribir. Porque vivir y escribir fue lo mismo para ellos, aunque ¿acaso hay otra manera de hacerlo?

El caso es que aquellos escritores marcaron una época y aún hoy siguen inspirando las vidas aventureras de jóvenes y no tan jóvenes que sueltan amarras de la rutina. Os lo confesaré, los libros de esta generación suelen decepcionarme y no logré terminar “En el Camino” de Jack Kerouac. Me declaro culpable.

Sin embargo es precisamente de él de quien he venido a hablaros. Porque en ese artículo encontré una frase que me gustó mucho más que todos los “carpe diem” y el resto de slogans con sabor a Mr. Wonderful. Una frase mucho más sencilla pero que me llegó, como muchas veces nos llegan cosas sin aparente importancia, detalles que tienen un efecto en nosotros sin saber muy bien el porqué. Intuyo que la respuesta está en uno mismo, en que en esos momentos somos como la tierra recién labrada, fértil para que una semilla germine en ella.

La frase en cuestión se refiere a la filosofía de vida de Kerouac, que se resume en cinco palabras: “dejar que te pasen cosas”

Muy simple y a la vez llena de significado. Dejar que te pasen cosas.

Cuando leía el artículo frené en seco en esa frase, mientras comenzaba a vislumbrar que podría ser el germen de una futura entrada. Ese momento de inspiración que tantos escritores se afanan en encontrar. La semilla que da lugar a la obra. El momento de la creación artística, que lo llamó Stefan Zewig.

Pero volvamos a lo nuestro.

Dejar que te pasen cosas.

Cinco palabras que pueden no significar nada y significarlo todo. Cinco palabras que no llegan a cubrir un reglón y que a su vez pueden describir toda una vida. Cinco palabras que retumbaban en mi cabeza después de haber leído el artículo.

Porque al terminar de leerlo pensé que la mayoría de las veces yo soy de los que no dejan que le pasen cosas. Y es que escribir sobre algo no significa aplicarlo. Es más, quizá los que escribimos lo hacemos para compensar lo que nos falta. Para redimirnos, para acercarnos a lo que nos gustaría ser, para cambiar la realidad. Así que, no os fieis de nosotros.

Pero cuidado. Dejar que te pasen cosas no significa solamente viajar a Vietnam con un billete solo de ida para sentir la libertad absoluta. No tiene que suponer vivir experiencias al límite, probar sustancias que nos hagan volar o tener una vida alocada lejos de responsabilidades. Ahora parece que ir a contracorriente es la única forma de poder decir que hemos vivido. Que la forma de medir la intensidad de una vida es la cantidad de destinos paradisiacos que se pueden contemplar en tu muro de Instagram. Aunque estés allí aburrido con alguien a quien no soportas. Lo que importa es sonreír para la foto.

Esas experiencias pueden estar muy bien, pero creo que Kerouac no se refería sólo a eso.

También se refería a dejar que te pasen cosas yendo al supermercado, saliendo al bar de todos los fines de semana o en la oficina. Porque se trata de una forma de ser, de una predisposición más que de una actitud.

Significa estar abierto a lo que pueda ocurrir. No ser tú tu propio límite. Significa perder el miedo, y significa otorgar a las cosas la importancia que tienen.

Dejar que te pasen cosas es sacar a esa persona a la pista de baile en vez de quedarte mirando, hablar con desconocidos y mezclarte con la gente. Significa mirar con unos ojos diferentes, olvidarte por un momento de ti mismo y degustar instantes de lo cotidiano.

No es sólo alejarte de la rutina y vivir a contracorriente “porque sí”, sino dejar que te pasen cosas también en tu rutina.

Por eso me gusta la frase.

Y puede aplicarse siempre. En todos los momentos de tu vida. Un fin de semana, en vacaciones, pero también un jueves por la mañana de Octubre.

Son aquellas cosas que podrían constituir episodios de la novela de tu vida si se escribiera. Porque los momentos que quedan grabados en el calendario son a veces los que menos esperábamos, y están a la vuelta de la esquina. A veces a una casualidad de distancia. Y puedes dejar que te pasen cosas en tu ciudad, en la oficina o incluso en tu habitación.

Dejar que te pasen cosas es también ir a otro país y sumergirte en su cotidianidad, sin limitarte a ser un turista para convertirte en viajero. De lugares y de personas.

Eso es lo que entiendo yo, y al pensarlo me acordé de un amigo que siempre insistía en viajar así, a las entrañas de los países. Conociendo lo que no sale en el folleto de la agencia de viajes, alejándose de hoteles de catálogo y de grupos de turistas buscando la diversión cosmopolita. Cuando viajaba con él sabía que iba a ser un viaje diferente. Sabía que íbamos a conocer gente que realmente representaba a ese país. Gente corriente, de la calle, personas anónimas, vidas minúsculas que recogiesen de verdad la esencia del país.

Y así es como surgían las mejores historias, las que luego contábamos a la vuelta ante la mirada embobada de nuestros amigos. Las historias en las que acabas cenando comida casera con una familia de Tailandia, las que te llevan a pueblos desconocidos de Marruecos donde no ves ningún turista en kilómetros o las que terminan con un aprendizaje mientras observas a un músico versionando a Jhonny Cash. Porque a la vuelta, sobre todo pasado un tiempo, no nos acordábamos tanto de los monumentos que habíamos visto como de esas pequeñas aventuras que encontramos sin buscarlas. Supongo que la memoria es más sabia que nosotros para seleccionar recuerdos.

Así que cuando leí la frase de Kerouac, pensé que mi amigo seguía esa filosofía. Vivir (y viajar) dejando que te pasen cosas cada minuto. Como forma de vida. Abierto a lo desconocido. Con una sonrisa abierta, sabiendo que delante hay personas que en el fondo están deseando correr una aventura. Que están dispuestas a abrirte las puertas de su casa si conectas con ellos. Porque a veces viajamos con el gesto torcido, a la defensiva ante los lugareños. Con los franceses por ser franceses, con los ingleses por ser ingleses y con los italianos porque llevan bañador y calzoncillo debajo. Bueno, en ese último caso quizá está justificado.

Pero realmente el buen humor, la sonrisa, el optimismo, es la llave que puede abrir cualquier puerta. Y detrás de esa puerta hay historias extraordinarias.

Y me di cuenta de lo fácil que era encontrarlas. Solo había que responder en vez de quedarte callado, hablar a ese desconocido en vez de dejarte vencer por la timidez, de coger ese camino menos transitado por los turistas.

Bastaba con eso, y marcaba la diferencia.

Supongo que Kerouac se refería a algo así cuando hablaba de dejar que te pasen cosas. En pasar por el mundo dejándonos notar, marcando una diferencia aunque sea en las pequeñas cosas de la vida.

Se puede decir de formas mucho más enrevesadas, más solemnes o incluso con palabras mucho más bonitas. Pero a veces lo sencillo gana a lo complejo, y yo entendí qué quería decir esa frase. Quizá porque la mayoría del tiempo soy de los que no deja que le pasen cosas.

Porque yo mismo soy de los que se ha quedado en casa muchas veces perdiendo oportunidades ahí fuera, de los que ha rechazado conversaciones “porque no le conozco de nada” y de los que ha esperado sentado a que la chica le sacase a bailar (nunca ocurría). De los que han ido de casa al trabajo y del trabajo a casa sin prestar atención a nada, corriendo por llegar a ningún lado. De los que, entre ir y no ir, han decidido quedarse muchas veces.

De los que ha hecho viajes siguiendo a la manada, convirtiéndome en un turista anónimo como tantos otros, pagando por una diversión globalizada que podría encontrar en cualquier lugar del mundo. He sido de los que ha saltado de entusiasmo al encontrar españoles en aquellos destinos, si darme cuenta de que era lo que convertía mi viaje en un viaje de manual.

Y quizá por eso me gustó esa frase, y escribo sobre ello porque admiro a los que son capaces de hacerlo siempre, como mi amigo.

Pero supongo que todo esto ya os suena.

Creo que muchos de nosotros, en el fondo, estamos deseando que nos pasen cosas. Nos cruzamos por la calle y nos miramos con desconfianza, aunque algo dentro de nosotros grité por un poco de atención.

Así que espero empezar a dejar que me pasen más cosas. Y podrán pasar o no pasar. Pero lo que es seguro, es que si no dejas que pasen cosas, no pasan.

Porque veces para que pasen cosas hace falta también la suerte, el destino, el azar, o como queramos llamarlo. Cuántos de esos días marcados en el calendario comenzaron con una casualidad, una de esas que pensabas que sólo ocurrían en las películas. Un golpe de fortuna, dijiste.

Pero el caso es que estuviste ahí, en la brecha, esperando a que pasase algo.

Y quizá se trate de eso, de estar en la brecha, preparado para cuando ocurra. Abierto a que pase algo. Y, cuando llegue el momento, dejar que pase.

Ya sabéis que me conformo con poco, un comentario, un compartir, un contacto, lo que sea para saber que hay alguien ahí.

@soldadito_m

La entrada Dejar que te pasen cosas aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/dejar-te-pasen-cosas/feed/ 40 1203
Grietas http://soldaditomarinero.com/grietas/ http://soldaditomarinero.com/grietas/#comments Thu, 12 Oct 2017 16:20:24 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1185 – El aire acondicionado. Dice mi amigo. Vamos en una furgoneta alquilada camino de una boda, y la pregunta es qué es lo realmente importante para que una relación funcione. Para saber que puedes dar el paso definitivo. Mi amigo está argumentando que al final lo importante es el aire acondicionado. Se refiere al calor […]

La entrada Grietas aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
– El aire acondicionado.

Dice mi amigo.

Vamos en una furgoneta alquilada camino de una boda, y la pregunta es qué es lo realmente importante para que una relación funcione. Para saber que puedes dar el paso definitivo.

Mi amigo está argumentando que al final lo importante es el aire acondicionado. Se refiere al calor y al frío, a la sensibilidad frente a la temperatura de él y la de ella.

Es un argumento peregrino. Pero mi amigo defiende su tesis con admirable entusiasmo y los demás escuchamos divertidos. Divertidos y escépticos. ¿De verdad el funcionamiento de una pareja se limita finalmente al aire condicionado? ¿Sólo a eso?

Todos reímos ante la exageración pero, mientras él habla, todos repasamos mentalmente aquellas relaciones que no funcionaron porque ella era demasiado friolera o él demasiado caluroso. O al revés. Recordamos aquel viaje de verano en el que ella se resfrió después de una noche con el aire acondicionado a tope. Los reproches que se convirtieron en silencios en el viaje de vuelta. Y después, el final de la relación al llegar a España.

Mi amigo continúa con su disertación. En la furgoneta todos se posicionan en seguida a favor o en contra del aire acondicionado. Yo lo tengo claro.

En contra, siempre.

Sé que estoy en minoría. Sé que lo normal es que los chicos luchen por ponerlo y ellas por quitarlo. Pero yo no aguanto esa máquina infernal que hace que te resfríes en la mejor época del año. Quizá aquel periodo como becario en una oficina de Malasaña con el aparato soplando sobre mi cabeza bastó para posicionarme en contra. Recuerdo aquellos días y me doy cuenta de que, en todos los trabajos en los que he estado, el aire acondicionado ha sido motivo de conflicto. Frioleros Vs calurosos. En todos.

Quizá mi amigo tenga algo de razón.

El caso es que se ha convertido en el protagonista absoluto del trayecto. Siempre lo hace. Tiene la habilidad de sacar temas de conversación de la nada y convertirlos en debate. Y eso se agradece en viajes como éste. Basta una idea para que él pueda mantener la conversación durante horas, mientras todos le escuchamos con atención y opinamos sólo cuando nos lo pide. Hay personas que tienen ese don, gente a la que todo el mundo escucha cuando habla. Suelen hablar despacio y con un tono de voz contundente, y nadie se atreve a interrumpirles. Yo soy justo lo contrario, hablo atropelladamente y con la sensación de que me pueden cortar en cualquier momento. Quizá por eso prefiero escribir.

He estado en varios viajes con mi amigo y a final acaba posicionando a todo el mundo a favor o en contra de alguna idea absurda. ¿Te duchas mirando hacia el agua caer o de espaldas? (se supone, según él, que eso dice mucho de una persona) ¿necesitas juguetear con algo entre las manos mientras hablas con alguien? (signo de neurosis, según mi amigo, lo que me convierte en un neurótico) ¿aire acondicionado, sí o no?

Y todos los demás corren rápido a posicionarse en uno u otro bando, con la satisfacción que produce encontrar camaradas, compañeros de equipo, aunque sea en estos detalles cotidianos. Porque al final todos queremos formar parte de algo.

Esto me hace pensar que ya desde pequeños nos dividimos. Del Madrid o del Barca. Cola Cao o Nesquik. Y en el colegio, del A o del B. Y aquí sí que no había concesiones. Eras del B porque no podía ser de otra manera. ¿Cómo ibas a ser tú del A? Los del B eráis mejores y muy diferentes a los de A. Como si el hecho de acabar en uno u otro grupo te marcase por completo. Excepto para el típico tránsfuga que había en todas las promociones, alguien del A que siempre iba con los del B o al contrario, siendo considerado un traidor por ello. Siempre había uno, quizá, a la larga, el más inteligente de todos.

Porque nos dividían por orden alfabético del primer apellido, y nosotros otorgábamos a este hecho de azar el poder de convertirlo en destino. Que tu apellido empezase por una letra u otra podía marcaba todo tu futuro escolar, con quién te relacionabas y a veces tu carácter. Del A o del B.

Pienso que esto no cambia en la vida adulta, donde cualquier excusa es buena para encontrar diferencias, como si las circunstancias o el azar no contasen. Como si en el fondo no fuésemos todos iguales.

Pero volvamos al aire acondicionado.

Nos acercamos a nuestro destino y mi amigo sigue defendiendo su tesis. Mezcla seriedad con ironía, confundiendo al personal.

Su teoría se basa en que, según él, las parejas pueden aguantar que a uno le guste la playa y a otro el campo. Que uno vote a la derecha y el otro a la izquierda. O que uno de los dos sea vegetariano. Pero las noches de verano con o sin aire acondicionado son las que marcan la diferencia.

Todos sabemos que no se trata del aire acondicionado. Mi amigo lo ha escogido simbólicamente pero habla de algo más. Habla sobre la destrucción de las parejas. Sobre el efecto acumulativo de lo que no parece importante. Sobre detalles que pasamos por alto la primera vez, pero que si no se extirpan pueden ir a más y acabar con todo. Detalles que producen ínfimas grietas, al principio imperceptibles, pero que se revelan al cabo de los años. Como las de la estatua del relato “Migas” de Laura Ferrero.

Quizá se trate de esas grietas. De las que sólo se ven de cerca. De las que no salen en Instagram en las fotos de vacaciones, esas que parecen idílicas. De las que se esconden detrás del telón. Hasta que se hacen más grandes y entonces lo absorben todo.

Puede ser el aire acondicionado o puede ser otra cosa.

En el coche estamos algunos solteros y algunas parejas. Hay una chica divorciada que mira por la ventanilla. Supongo que pensando en su aire acondicionado. Lo que sea que destruyó su relación hace años. Pudo ser el aire, pudo ser leer el móvil en la mesa, no contestar las llamadas o volver del trabajo cada día una hora más tarde. Lo que sea.

Al término del viaje todos comentan lo rápido que han pasado las tres horas de trayecto. Agradecen a mi amigo la conversación.

Y al aire acondicionado.

Todos subimos hacia las habitaciones del Hotel.

La boda es dentro de una hora.

Mientras subimos, observo la mirada vacía de las parejas. Pensando, supongo, en quién tendrá el valor para encender (o no) el aire acondicionado al llegar a la habitación.

*****

(Termino la entrada en mi habitación del Hotel a las 5 am. Allá va)

Estamos en el baile. Mi amigo y yo sabemos que el novio es un ferviente amante del aire acondicionado. Yo lo sé por experiencia propia, lo pude comprobar en un viaje que hicimos él y yo solos a Tailandia hace unos cuantos veranos. Allí la humedad penetra hasta los huesos, dando una sensación de calor húmedo que a los pocos días puede hacerse insufrible. Pronto aprendí a llevar un jersey siempre en el coche aunque en el exterior arreciase un sol de vértigo. Y también a elegir el lado de la habitación más alejado del infernal aparato de aire acondicionado. Como buenos amigos llegamos al acuerdo de  enfriar la habitación solamente un par de horas antes de acostarnos (él lo quería toda la noche) Con ese compromiso y alguna manta fue suficiente, pero me pregunto si podría aguantar muchas noches seguidas, o peor aún muchos veranos. Quizá mi amigo no va del todo desencaminado con su teoría del aire acondicionado.

El caso es que estamos en la pista de baile y yo estoy con mi amigo comentando la conversación del viaje. Él y yo nos entendemos y sabemos que era una mera excusa para pasarlo bien durante el trayecto. Para generar un poco de debate y que se nos hiciese más corto.

Los novios se acercan a nosotros y, mientras todos zarandean en volandas al novio, mi amigo y yo nos quedamos solos con la novia. Ese instante de protagonismo inesperado en las bodas. Ese momento en el que las personas inseguras sentimos que estamos robando tiempo a la verdadera protagonista, que debería estar en otro sitio, con los invitados importantes o haciendo cualquier cosa mejor que charlar con nosotros. Así que nos apresuramos a darle la enhorabuena y esperar que se vaya.

Pero esta vez no se va.

Supongo que ella también agradece encontrar un remanso de paz. Porque ninguno hablamos.

Pero mi amigo me guiña un ojo y ya sé lo que va a decirle. Se acerca al oído de la novia y le hace la pregunta.

– Oye, ¿tú eres de aire acondicionado? Ya sabes, ¿friolera o calurosa?

Mi amigo me mira con malicia, en un segundo que se hace eterno porque simbólicamente parece contener todo el futuro de una relación.

– Lo detesto, siempre estoy helada.

*****

Sólo el tiempo dirá si la teoría de mi amigo es cierta o no. Esperemos que no, por el bien de los recién casados.

Aunque supongo que las cosas no son tan simples. Que no todo se puede apostar a un electrodoméstico o a cualquier otro pequeño detalle.

Yo, por si acaso, siempre hago la pregunta del aire acondicionado en las primeras citas. Las chicas me suelen mirar horrorizadas, planteándose seguramente qué extraña enfermedad fetichista padezco para preguntar eso antes de elegir el plato del menú.

Supongo que, a mi manera, sólo intento esquivar la grieta. Aunque no tenga la más remota idea de cómo hacerlo.

 

@soldadito_m

La entrada Grietas aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/grietas/feed/ 11 1185
La higuera http://soldaditomarinero.com/higuera/ http://soldaditomarinero.com/higuera/#comments Sun, 04 Jun 2017 23:11:56 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1154 Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, […]

La entrada La higuera aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.

Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

Esto es lo que dejó escrito Sylvia Plath en 1963. Mientras lo leía me sorprendía la actualidad de sus pensamientos. Me veía a mí mismo delante de esa enorme higuera repleta de higos entre los que poder elegir. Repleta de posibilidades a mi alcance.

Porque me encontraba justo en un momento de mi vida de esos que Gatbsy explica mirando el interior de un microondas.

Momentos en los que te quedas embobado mientras lo único que pasa es tu vida, dando vueltas en una repetición infinita mientras pareces convertirte más en espectador que en protagonista.

Y para salir de ese círculo sabes que tienes que lanzarte a por un higo. Elegir una de las opciones que la vida te pone por delante para avanzar. Pero el abanico de opciones que ves delante de ti te paraliza. Porque a veces, más es menos.

Y ya no sabes si coger esa oportunidad laboral que te seduce, pero que te sacaría de tu zona de confort. De lo que ya dominas.

No sabes si apostar todo a una carta con esa pareja que sí, que podría ser ÉL o ELLA con mayúsculas, pero que no se parece en nada a la historia de príncipes y princesas que te habían contado.

No sabes si tienen razón esos que se van a viajar por el mundo y cuentan sus experiencias en un blog. Aquellos que han soltado las cadenas y han decidido llevar una vida aventurera. Y te sorprendes a ti mismo viendo el programa de Cuatro sobre los viajeros que se fueron lejos a buscar la aventura. Todos parecen muy felices y explican a la cámara que tomaron la decisión correcta. En México, Tailandia, Madagascar o Shangai, da igual. Todos cuentan cómo encontraron aquello que andaban buscando, algunos incluso a sí mismos. Y entonces el periodista les hace siempre la misma pregunta, ¿y sí no hubieses cogido ese avión aquella mañana de invierno?, y los viajeros contestan que hubiese sido el mayor error de sus vidas. Y tú te preguntas si tienes tu propio “y si” esperándote y no lo coges por miedo, o vete a saber por qué. Rebobinas todos los “y si” de tu vida que han marcado el camino en tu higuera, aquellos que te han llevado a donde estás ahora. Para bien o para mal.

Pero cuando apagas la televisión y te metes en la cama te preguntas si esos programas tienen truco, porque sólo entrevistan a los que le salió bien la jugada. Los que siguen en esos destinos, los que se quedaron para hacer sus vidas allí. Pero ¿cuántos de ellos lo intentaron y se volvieron a los 6 meses? Tú sabes que ésos no van a salir en la tele.

Así que, como Gatbsy, nos quedamos mirando girar nuestra vida en el microondas. O como Sylvia Plath nos quedamos debajo de nuestra higuera sin saber qué higo coger. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo aceptar el riesgo de descartar las demás opciones? ¿Cómo jugártelo todo a una carta? Te quedas parado al borde de la higuera, porque mientras no elijas todas las opciones permanecen abiertas. Aunque te mueras de hambre como Sylvia.

Y piensas que te gustaría poder probar los diferentes higos, escalar por cada una de esas ramas para probar todas esas vidas. Y después quedarte con la que más te haya gustado.

Pero no puedes. Tienes que vivir tu vida a la primera, y a eso nadie te ha enseñado ni hay una fórmula mágica que lo resuelva.

El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto.

La Insoportable Levedad del Ser, Milan Kundera (1984)

Por eso a veces preferimos que decidan por nosotros. Que rechacen nuestra candidatura tras esa entrevista de trabajo que hicimos para cambiar de rumbo. Porque si no te elijen, ya no hay que darle más vueltas. Y cuando te pregunten dirás que el destino hizo que te quedases donde estás. Pero en el fondo sabes que no fue el destino, que el motivo fue que pusiste todas tus ganas en esa entrevista porque no querías enfrentarte a la decisión. Al cruce de caminos.

Por eso a veces casi nos alegramos, muy en el fondo, de que nos deje esa pareja con la que no lo veíamos del todo claro. Porque no teníamos el valor de dejarlo nosotros, y cuando nos dejaron nos lo pusieron mucho más fácil. Aunque al principio doliese.

Pero entonces te preguntas si realmente están tomando las decisiones importantes por ti. Si están manejando tu vida o si has cogido tú las riendas. Y te acuerdas de aquella escena de la película en la que viste por primera vez a Natalie Portman como una niña.

Y vuelves entonces a Sylvia. A la higuera. Miras hacia arriba y ves una vida con hijos a los treinta. No, ese higo ya lo dejaste atrás, y lo malo de esta higuera es que cuando dejas atrás una rama ya no puedes volver. Sigues mirando y ves ese trabajo que siempre soñaste, pero que no sabes si te dará de comer. Ese higo está en una rama muy frágil que podría romperse, así que prefieres quedarte en la que estás, una rama robusta con un grosor que crece cada año, más cómoda pero también más baja.

En otra de las ramas inferiores está aquella persona a la que dejaste marchar de tu vida. Y te vuelves a preguntar como tantas otras veces qué hubiese pasado si no lo hubieses hecho. Y por encima está el higo de irte a conocer mundo, como los del programa de televisión y los de los blogs. Y éste todavía está a tu alcance, aunque sabes que no será por mucho tiempo.

Y como Sylvia te imaginas todas esas vidas posibles.

Pensé que tal vez podría dejar los estudios por un año y aprender alfarería. O trabajar para irme a Alemania y ser camarera hasta que fuera bilingüe. Luego, un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza como una familia de conejos dispersa.

La campana de cristal – Sylvia Plath (1963)

Pero entonces ocurre algo que activa tu cerebro. Una desgracia de otra persona que te hace ver que lo importante es estar vivo. Que podía ser mucho peor, y que las decisiones que te han traído hasta aquí no han estado tan mal después de todo. Porque sigues en la higuera y tienes la posibilidad de seguir eligiendo. Con eso a veces basta.

Quizá podamos aprender algo de Sylvia, porque dejó por escrito su valentía, su capacidad de ver donde otros no veían y sus ganas de caerse y levantarse infinitas veces.

Sólo tienes que actuar, coger las riendas.

Y estamos en la mejor época de la historia de la humanidad para coger las riendas, aunque los pesimistas te digan lo contrario.

Si quieres mostrar algo a la gente, puedes hacerlo por internet y sin gastar dinero. Nadie ha podido antes que nosotros.

Si quieres conocer el mundo, no hay fronteras. Nadie pudo viajar tan lejos por tanto poco.

Y si quieres perseguir tus sueños, nadie te lo impide. Sólo tienes vencer tus miedos y ponerte a trabajar duro. No esperes que te lo regalen.

Así que merece la pena pararte a pensar cómo has llegado hasta esta rama de tu higuera y qué quieres que ocurra a partir de ahora. Porque tienes el control, aunque a veces se te olvide.

Y puedes elegir. Acción o inacción.

Coger las riendas o dejarte llevar. Se protagonista o actor secundario. Quedarte debajo de la higuera, o lanzarte a por el higo que siempre has querido.

Nunca podré expresar con palabras la importancia de los comentarios, buenos y malos 🙂 

@soldadito_m

La entrada La higuera aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/higuera/feed/ 30 1154
De gajos y gajas http://soldaditomarinero.com/de-gajos-y-gajas/ http://soldaditomarinero.com/de-gajos-y-gajas/#comments Sun, 04 Jun 2017 22:05:12 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1149 El otro día salí con una amiga y un amigo y tuvimos una de esas conversaciones de barra de bar que me gusta registrar en mi libreta mental, con la expectativa de que puedan dar lugar a una entrada del blog. No siempre ocurre, la mayoría de esas anotaciones quedan luego abandonadas en un documento […]

La entrada De gajos y gajas aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
El otro día salí con una amiga y un amigo y tuvimos una de esas conversaciones de barra de bar que me gusta registrar en mi libreta mental, con la expectativa de que puedan dar lugar a una entrada del blog. No siempre ocurre, la mayoría de esas anotaciones quedan luego abandonadas en un documento Word en el ordenador que difícilmente verá la luz algún día. O, como diría Natalia Ginzburg, quedan olvidadas en el “museo de frases cristalizadas y embalsamadas” que jamás pasaran a convertirse en texto.

El caso es que mi amigo es muy dado a lanzar al aire preguntas abiertas para generar debate, y mi amiga es especialista en dar respuestas ingeniosas. Así que al poco de llegar al bar ya pude escuchar uno de esos diálogos de barra de bar que son para mí carne de entrada:

  • ¿Crees en las medias naranjas?
  • Yo creo en los gajos

En ese momento no supe si esa respuesta de mi amiga H era simplemente original pero vacía de significado, o una salida brillante de una mente superior que daría para hablar de ello toda la noche.

Al final fue lo primero, el tema no dio para mucho más. Pero me apetecía contároslo y podremos volver sobre ello al final de la entrada.

Esto me hizo pensar en la multitud de notas que tomo para posibles entradas del blog. “Mucha notita, y poca entrada”, pensaréis… porque he estado 2 meses sin escribir.

Y es cierto. Pero mi problema no es llamado “bloqueo del escritor”. No se trata de eso. Se trata del perfeccionismo al que me obliga nuestra generación.

Me explico.

Acostumbrados a escanear con la mirada más que a leer, y a descartar cualquier texto que supere los 2 párrafos por la “pereza de leer algo tan largo”, nos hemos convertido (yo el primero) en consumidores de lo visual. No dudamos en pasar la tarde viendo vídeos de medio minuto que aparecen en ristra en el tablón de Facebook, pero nos venimos abajo frente a un artículo de 800 palabras. Demasiado denso. Demasiadas letras, como dijo aquel chico a la chica de los jueves.

Pero no me voy a quejar. Eso sonaría a abuelo cebolleta o a escritor frustrado con el mundo tipo “no me leen porque la gente ya no lee” Y una leche. Bueno, en parte. Sería genial que la gente leyese más, en eso estoy de acuerdo. Pero esto es lo que hay, o lo tomas, o lo dejas. Piensa que también tienes a tu alcance medios para llegar a la gente que hace 20 años ni existían. Y hace 100 ni te cuento. Y ello gracias a la época que te ha tocado vivir.

A lo que iba. La conciencia de vivir en esta generación hace que me lo piense un par de veces (un par de docenas, más bien) antes de darle al botón de “publicar”. Porque pienso que si saco algo mediocre (posiblemente como esta entrada, lo reconozco), la gente va a leer sólo dos párrafos y a abandonarme para siempre.

Y es un error. Lo sé. La mejor forma de que te abandonen es no escribir durante dos meses, que es lo que yo he hecho. Pido perdón. Pero ya he vuelto, y lo he hecho para quedarme.

Volvamos al bar. El caso es que el tema de los gajos y las medias naranjas dio paso a un debate sobre parejas y, de nuevo, la época que nos ha tocado vivir. Porque si en cuestión de lectura nos asustan los textos de más de dos párrafos y nos quedamos con el vídeo de 20 segundos, en cuestión de relaciones pasa algo parecido. Prima lo inmediato frente a lo lento. Lo intenso frente a lo delicado. Lo fácil frente a lo que requiere esfuerzo. No me miréis así, que lo diga no significa que sea un ejemplo a seguir. Soy pecador. Pero al menos soy consciente de ello.

Mi amiga H nos contaba su experiencia, ahora que sí ha encontrado a alguien que le complementa. O que le completa, como prefiráis llamarlo.

Hago un inciso. Cada vez que escribo sobre este tema alguna chica me escribe para decirme que soy un machista. Porque lee mis textos únicamente desde la perspectiva de que una mujer necesita a un hombre para completarse. Ni de coña. Puedes leer mi artículo intercambiando los géneros, y aquí no pasa nada.

Y sobre las opciones que da la vida, cada uno puede coger la que más le interese. Es evidente que aspirar a una vida en pareja es solamente una opción de las que existen, que hay gajos individuales muy felices como hay otros que necesitan vivir en una naranja entera. Pero en una entrada de un blog no pretendo ni puedo recoger toda la casuística humana planetaria.

Me parece necesario luchar por los derechos de las mujeres allí donde a mí me parece importante. Por la igualdad de salarios, algo que no ocurre en pleno siglo XXI. Por medidas para la conciliación con la vida personal de madres y padres. Por los casos de acoso y explotación. Y no me meto en países donde directamente estos derechos serían regalos, donde se mata a mujeres o se las lapida. Esos son los casos por los que yo veo la lucha. No por escribir una entrada sobre las relaciones entre personas. Tampoco por decir que una mujer me parezca guapa, porque lo mismo puedo decir de un hombre y no pasa nada. Y tampoco por poner el femenino a todas las palabras de una de mis entradas o entrados, de forma o formo que sea ilegible o ilegibla o ilegiblo. Eso para mí no es luchar por las mujeres. Y hace que lo realmente importante se diluya.

Me voy por las ramas, como las ramas de la higuera de Sylvia Plath.

Continúo en el bar, para terminar. Mi amiga nos dijo que ella ha encontrado ya lo que buscaba, algo que no veía nada fácil hace unos meses. Pero que al menos siempre había tenido clara una cosa: lo que NO quería.

Me quedé con su frase y pensé que quizá H tiene razón. Que muchos de nosotros quizá no sabemos bien lo qué queremos, pero que es mucho más fácil saber lo que no queremos en nuestra vida. Y reconforta pensarlo.

En nuestros trabajos, en nuestras aspiraciones y, sobre todo, en nuestras relaciones. No cuesta pensar en todo aquello por lo que no pasamos. Todas las personas que no son para nosotros, por lo que sea. Y son un porcentaje bastante grande.

H nos explicó que, partiendo de esos descartes, se trata simplemente de ir cerrando el cerco. De ir acotando opciones. Y cuando te quieras dar cuenta tendrás un círculo reducido de posibilidades, y ahí es donde tienes que poner el foco.

Porque en ese pequeño círculo, fuera de todas esas opciones descartadas, seguro que no encontrarás a tu única media naranja. Pero, según H, seguro que encontrarás algún gajo que merezca la pena.

 

@soldadito_m

La entrada De gajos y gajas aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/de-gajos-y-gajas/feed/ 13 1149
La chica de los labios granates http://soldaditomarinero.com/chica-labios-granates/ http://soldaditomarinero.com/chica-labios-granates/#comments Sun, 12 Mar 2017 11:01:59 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1117 A nosotros nos habían enseñado que había que querer con moderación. Nos habían dicho que tuviésemos cuidado en lo que deseábamos, porque ahí fuera el mundo era una jungla. Nos habían advertido que no volásemos demasiado alto porque la caída podría ser más dolorosa. Y R vino a decirnos lo contrario. Me acordé de ella […]

La entrada La chica de los labios granates aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
A nosotros nos habían enseñado que había que querer con moderación. Nos habían dicho que tuviésemos cuidado en lo que deseábamos, porque ahí fuera el mundo era una jungla. Nos habían advertido que no volásemos demasiado alto porque la caída podría ser más dolorosa. Y R vino a decirnos lo contrario.

Me acordé de ella hace unos días viendo una película.

Por aquel entonces yo no sabía lo que era tener una amiga. Y el resto de mis amigos tampoco. Éramos un grupo de seis chicos que lo pasaba bien jugando al fútbol, en casa de alguno de nosotros con el ordenador, o simplemente sentándonos en un banco a pasar el rato y hacer como que hablábamos de cosas importantes. Esperando el momento en que pudiésemos perseguir nuestros sueños, esperando hacernos mayores para poder vivir los mejores días de nuestra vida. Sin darnos cuenta de que quizá esos días eran aquellos, de que el momento para perseguir los sueños es el presente, siempre.

cuenta conmigo

El caso es que aquel verano fue diferente porque apareció ella. No sabemos de dónde vino, porque casi nunca contaba nada de su pasado. Se coló en nuestras vidas de forma inesperada, como si hubiese venido de un lugar lejano para sacarnos de nuestra rutina y para tirar por la borda todo lo que habíamos aprendido sobre las chicas y sobre nosotros mismos.

La he llamado R porque era la primera letra de su nombre (fácil, no?). R era una de esas chicas que no esperas encontrar en una ciudad de cien mil habitantes. Qué tontería, era de ésas chicas que no esperas encontrar en ninguna parte. Sólo en las películas o en los sueños.

En poco tiempo R se convirtió en la novedad de aquel verano, en el objeto de todas las miradas. Y lo hizo por mérito propio, porque era una chica diferente.

Toda la vergüenza que nosotros teníamos acumulada parecía no existir en ella. Era luchadora, era soñadora, era peleona y no se andaba por las ramas. Si había que discutir, discutía como si la vida le fuese en ello (a veces pensábamos que iba a romper a llorar y nos quedábamos paralizados), aunque a la media hora se hubiese olvidado y estuviese riéndose otra vez. Y entonces, cuando reía, lo hacía también como si fuese la última vez, a carcajada limpia.

Antes de llegar ella, mis amigos y yo solíamos usar la frase “como si no hubiese un mañana” para cualquier acción que conllevase un esfuerzo extraordinario. Fulanito bebió anoche como si no hubiese un mañana. Menganito ha corrido hoy en el partido como si no hubiese un mañana. R nos enseñó que no teníamos ni idea de lo que significaba esa frase. Porque ella sí parecía hacerlo todo “como si no hubiese un mañana”

Con R enseguida todo cambió aquel verano. Los planes eran más divertidos porque ella los hacía más divertidos. Las tardes pasaban rápidamente y a todos nos fue invadiendo una extraña sensación. No sabíamos qué era. No sabíamos si estábamos enamorados de ella. Sospecho que los seis nos hacíamos la misma pregunta, pero no lo comentábamos entre nosotros por miedo a confirmar que nuestros amigos también sentían lo mismo. El código de la amistad entre chicos: si te gusta a ti, yo me olvido de ella. Ninguno quería olvidarse de ella, así que era mejor no saber. Se convirtió en un amor silencioso, o más que amor, admiración, que al fin y al cabo es el primer peldaño del amor.

Todos la mirábamos boquiabiertos esperando su siguiente acción, su próxima palabra. Vivíamos en estado de excitación constante. Un torbellino llamado R había aterrizado en nuestras vidas para que aquel verano no fuese como todos los demás. Casi sin darnos cuenta, por las mañanas nos poníamos la mejor ropa que teníamos, nos preocupábamos más por nuestra imagen e intentábamos mostrar nuestra mejor versión delante de ella. Todos queríamos estar a la altura de R.

Los días de aquel verano pasaron cargados de experiencias con R. Nos reíamos juntos, jugábamos, bebíamos, y todos la mirábamos intentando averiguar si lo que sentíamos era amistad o si esa chica realmente nos gustaba. Y preguntándonos si, de ser así, ella habría elegido a alguno de nosotros. Pero qué va, ella no era así. Ella era capaz de hacernos sentir a todos especiales, sin trucos, sin estrategias, sin ambigüedad y sin segundas intenciones. Ella simplemente era genial y no podía disimularlo.

A estas aturas de la entrada quizá alguien se esté imaginando a R. Recuerdo que tenía las pestañas muy negras, más de lo normal. Supongo que se las pintaba, pero en aquella época nunca podría haberlo diferenciado. Eso hacía que sus ojos, también oscuros, resaltasen de una forma que no podías olvidar. Cuando hablaba, todos le escuchábamos. Nadie le interrumpía como hacíamos con los demás, porque era de esas personas que captan toda la atención de la audiencia cuando hablan. Así que nos quedábamos clavados en su mirada y el resto del mundo desaparecía hasta que ella terminaba. Y es que R se había ganado el liderazgo del grupo, forjado durante años entre nosotros, en menos de una semana. Su cabello también era negro, y llevaba los labios pintados color granate. Bueno, seguro que ese color no se llama granate, que hay un nombre exacto para esa gama de pintalabios. Pero no era rojo intenso y tampoco marrón ni negro. Granate. Su tez era blanca y eso hacía que resaltasen más todavía sus ojos y su pelo, en un contraste que daba más intensidad a su vitalidad.

Porque lo que más destacaba de ella era eso. Su vitalidad. Su vivir la vida “como si no hubiese un mañana”. Su curiosidad insaciable, sus ganas de soñar, de vivir, de atravesar lo que se le ponía por delante. Si trepábamos un árbol, ella subía más alto. Si corríamos huyendo del perro del vecino, ella corría más rápido hasta quedar exhausta. Si íbamos a un bar, ella era el centro de atención. Y si nos aburríamos en el banco, ella venía y proponía alguna locura. Y todos la seguíamos. R, simplemente, vivía con todas las letras de la palabra.

Y nunca, nunca, bajo ningún concepto, R dosificaba ilusión ni ganas. Porque R nunca hacía las cosas a medias, de puntillas. Si empezaba algo, ella iba con todo.

A nosotros todo esto nos descolocaba un poco, el ver a una chica que nos superaba en todas aquellas facetas. Porque hasta entonces nos habían enseñado que los chicos eran más valientes que las chicas, que hacían más travesuras y que le echaban más “morro” a la vida. Y R nos enseñó que ni de coña. Nos dio una lección de vida que creo que ninguno hemos olvidado. Aunque ahora nos cueste hablar de ella.

Nunca lo hacemos. Creo que todavía sobrevive aquella sensación de miedo de habernos enamorado todos de la misma chica. Esa sensación de que los lazos de nuestra amistad pudieron verse comprometidos por el amor. Quizá también sentimos que aquella historia es perfecta tal como fue, y que hablar de ello desde la distancia del tiempo sólo podría perturbar los recuerdos, contaminarlos con una mentalidad adulta que quizá no entienda la inocencia de aquellos días.

Sólo una vez nos dio por recordarla. Fue hace un par de años, estábamos en mi casa y alguien mencionó su nombre. Hablamos de aquella época y de nuestras travesuras más sonadas, preguntándonos qué habrá sido de R. Y fue un recuerdo feliz y triste a la vez, porque supongo que todos los recuerdos felices dejan siempre un poso de nostalgia.

Como habréis adivinado, la película que me hizo recordarla es Sing Street. Al final de la película (tranquilos, no voy a destrozarla), lo que prevalece es la lucha por los sueños. Más allá de las mareas en contra, de las zancadillas y de las voces pesimistas de quienes no se atrevieron.

Y quizá para ello haya que volver a pensar como un niño, como en la época de R. Tener una curiosidad infinita y no tener miedo de decepcionar, de no cumplir las expectativas de lo que se espera de nosotros. Vivir con el cronómetro a cero, sin perder el tiempo contando los años que llevamos y los que nos quedan. Creo que R nos enseñó algo de todo esto.

Porque a veces las personas necesitan empujones. Puede ser conocer a otra persona, el amor, una amistad. Puede ser un disgusto, una alegría o puede ser un cambio en tu vida. Y nos sacude y nos espabila para permitirnos ver la vida con otros ojos. Porque al final se trata de eso, de perspectiva.

Y R fue nuestro empujón.

Porque fue lo mejor que nos podía pasar aquel verano. Llegó de imprevisto para sacudir nuestras vidas. Para sacarnos de la zona de confort, para despertarnos.

Las hadas que habíamos visto en las películas de Disney llevaban vestidos azules y collares de perlas. Ella no. Ella vestía un vaquero de color negro, una camisa de cuadros y pendientes de aro. Pero fue nuestra hada, la mecha que prendió nuestros sueños, nuestra mejor amiga aquel verano.

Y quizá, la mejor que nunca tendremos.

@Soldadito_m

¿Dejas un comentario?

La entrada La chica de los labios granates aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/chica-labios-granates/feed/ 51 1117
A quien guste leer http://soldaditomarinero.com/quien-guste-leer/ http://soldaditomarinero.com/quien-guste-leer/#comments Mon, 23 Jan 2017 07:30:39 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1088 Esta es una entrada diferente a todas las demás, pero espero que, aunque se trate de un listado de libros, podamos darle un toque diferente. Es más, ahora que he terminado la entrada y subo a este párrafo a editarlo, puedo decir que se ha convertido en una reflexión sobre la lectura. Espero que os […]

La entrada A quien guste leer aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
Esta es una entrada diferente a todas las demás, pero espero que, aunque se trate de un listado de libros, podamos darle un toque diferente. Es más, ahora que he terminado la entrada y subo a este párrafo a editarlo, puedo decir que se ha convertido en una reflexión sobre la lectura. Espero que os guste y que lleguéis hasta el final, porque terminaré con una petición para vosotros. Comencemos.

Iba a titular la entrada “Mis 10 libros favoritos”, pero luego me di cuenta de que estaría mintiendo. Porque he querido incluir diferentes géneros y no repetir autores, así que han quedado fuera otros que también merecían estar aquí. De todas formas, siempre me he preguntado cómo se puede uno decidir sobre sus libros preferidos. ¿Acaso no afecta el momento vital en que nos encontramos cuando los leemos?

Supongo que así es, que el mismo libro leído en dos momentos diferentes de nuestra vida puede dejarnos impresiones muy dispares. Quizá esto se pueda solucionar con la relectura, con volver a un libro del pasado para comprobar si nuestro juicio fue certero y a prueba del paso del tiempo.

Y es que hay veces que, como ocurre también con las películas, parece que apetece más revivir sensaciones que abordar obras nuevas. Ya lo decía Enrique Vila-Matas, en un buen libro que bien podría haber formado parte de esta lista:

dietario voluble

Pero lo que está claro, al menos en mi caso, es que ha habido libros que me han gustado mucho y otros que nada, sospechó que independientemente de la época en que los leyese. Los primeros dejan un poso que a veces necesita de tiempo para ser valorado, libros que son engrandecidos por los días desde su lectura, como si hiciese falta perspectiva para comprender las enseñanzas que nos dejaron. Los que aquí incluyo pertenecen ese grupo, al de aquellos que me gustaron por sí mismos y que intuyo que me volverían a gustar hoy si los releyese.

En cada uno de los libros, en el caso de que haya encontrado el ebook gratuito, pondré el enlace a una página de descargas. He redactado unas brevísimas instrucciones para ello aquí. Cuando no haya encontrado el ebook gratis, pondré el enlace de amazon.

Y ahora sí, vamos con la lista.

     1. Stoner, John Williams

Cuando pienso en una novela redonda me viene a la mente este libro. Pero si me preguntan por qué me gusta tanto, no sé responder. Porque es un libro sobre un hombre normal, ni más ni menos, uno que podemos cruzarnos por la calle sin enterarnos, verlo en la cola del supermercado o ser nosotros mismos. Y, sin embargo, en Stoner esa normalidad grisácea está escrita de tal manera que me cautivó cuando lo leí. Lo hizo de una forma silenciosa, sin fuegos artificiales, metiéndose dentro de mí página a página sin hacer ruido. Hasta que, al terminar, lo dejé en la mesita de noche y me di cuenta de que había tenido en mis manos una obra maestra.

John Williams, el autor, sólo escribió 6 libros. Pasó sin pena ni gloria por el panorama literario de su país, Estados Unidos. De su novela Stoner vendió unos cuantos ejemplares antes de morir en 1992. Hace unos años, una editorial francesa la descubrió y la tradujo, lo que lo ha dado a conocer en Europa. Desde entonces se ha ido extendiendo y lo tenemos traducido al castellano.

Siempre que un descubro a un escritor que alcanzó el éxito de forma póstuma, pienso en lo injusto que resulta que no pudiese vivir para ver su legado. Millones de personas que verán modificada su vida, aunque sea mínimamente, con la lectura de su obra. Y mientras tanto, su creador yaciendo bajo tierra sin enterarse de nada. A veces parece que hay que estar muerto para ser considerado buen escritor, como si solo el paso del tiempo otorgase valor a las obras.

Si elegís este libro, espero que os guste como a mí, pero no esperéis giros espectaculares en la trama, acción desenfrenada ni un mundo edulcorado. Simplemente un libro bien escrito sobre un hombre corriente. Eso es Stoner.

Gratis para ebook.

Stoner en papel.

     2. La Insoportable Levedad del Ser, Milan Kundera

Una de mis medidas para saber cuánto me ha gustado un libro, es ver la cantidad de partes subrayadas que dejo cuando lo termino. Usando ese criterio, La Insoportable Levedad del Ser tiene que estar en esta lista sí o sí.

Sin embargo, sé que recomendar un libro es complicado, porque levantas una expectativa que va a ser difícil de cumplir. De alguna manera te haces responsable del éxito o fracaso de tu propuesta, como si tuvieses algún tipo de recompensa si tu recomendación funciona. Y esta dificultad se acentúa con libros que, por su contenido algo más denso, quizá no sean para el gran público.

Quizá éste sea uno de esos casos, aunque me resisto a pensarlo. Se trata de un libro con multitud de matices, que construye la realidad de cuatro personajes de tal forma que todos podemos reflejarnos en alguno de ellos. Como si se pudiese comprimir el sentimiento universal y plasmarlo en unas cuantas páginas. Pero no un sentimiento superficial, como en tantos otros libros, sino el que descansa en las profundidades del alma humana.

Si elegís este libro, espero que encontréis tan interesantes como yo sus reflexiones sobre el amor, el apetito fáustico, los celos, el peso (o la levedad) de nuestras decisiones y, en definitiva, la vida en toda su expresión. Si no, siempre podéis quedaros con la película.

milan kundera

Gratis para ebook.

La Insoportable Levedad del Ser en papel.

     3. Embajador en el infierno, Torcuato Luca de Tena

Cuando leí “El Hombre en busca de Sentido” y “Si esto es un Hombre”, pensé que debería ser obligatorio para todo el mundo leer al menos uno de ellos. Porque son libros que nos hacen sentir afortunados por el mero hecho de vivir, que hacen que te olvide la preocupación por ese dolor de espalda que arrastras o porque se ha estropeado la máquina de café. Libros que ponen los problemas en su perspectiva adecuada.

Los dos relatan las condiciones vividas en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, escritos en primera persona por supervivientes de aquel episodio de la historia.

Y, dado que el ser humano compara casi por instinto, cuando los leemos nos permiten reconocer la suerte que tenemos por la época que nos ha tocado vivir, por tener una cama donde acostarnos, un plato de comida o un techo que nos proteja. Porque no siempre fue así.

El caso es que me gustaron tanto que, cuando encontré un libro español que es igual de bueno o más, me pareció un descubrimiento digno de ser contado. Que el protagonista sea de la División Azul, el grupo de soldados españoles que viajó a Rusia a luchar del lado de los nazis, debería ser lo de menos. Lo mismo daría que lo hubiese escrito un soldado del bando contrario. Porque allí, en la guerra, el sufrimiento no tuvo color de bandera, nuestra condición humana prevaleció sobre las diferencias. Quizá porque, cuando lo importante es sobrevivir, las diferencias y las caretas tienen poco recorrido. Lástima que nosotros, que ni tan siquiera tuvimos que pasar por aquello, lo hayamos olvidado.

Gratis para ebook.

Embajador en el Infierno en papel.

     4. Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig

Stefan Zweig es uno de mis escritores favoritos. Escribió una larga lista de libros, algunos de ellos brevísimas novelas que se leen en una tarde.

El otro día me decía una amiga que cuando ve un libro extenso (ladrillo, lo llamó ella), de esos gordos con muchas páginas, le da pereza y ni lo empieza. La inversión en tiempo es demasiado elevada. Y tengo que reconocer una cosa –preparad el látigo-, a mí también me pasa. Supongo que somos la generación de los vídeos cortos de youtube (si dura más de diez minutos ni lo abrimos), de las series en vez de las películas, y de una cita rápida en Tinder, no vaya a ser que le dé tiempo a conocerme. Y yo me declaro culpable. Cuando veo en los mostradores las novelas de Reverte, Julia Navarro o Ruiz Zafón, me pregunto cuánta gente joven los lee realmente. Y he escogido a los autores que venden, porque, cuántos libros escritos vagarán por el mundo sin lectores. Existir sin ser, supongo, porque lo que convierte a alguien en escritor es el lector.

Cuando escriba yo uno, no me olvidaré de esta reflexión y será corto. Os lo prometo.

Decía esto a tenor de las novelas breves de Zweig. Pero yo no he elegido ninguna de ellas para esta lista. Entre todos sus libros, yo he elegido Momentos Estelares de la Humanidad porque se trata de catorce piezas brillantes sobre nuestro pasado, pero no como solemos verlo en los libros de historia. Nada de eso. Son historias independientes de creación, de aventuras, de valor, de pasión y de todo aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida. Historias sobre personas extraordinarias que, cada uno a su manera, cambiaron el mundo en que vivimos.

No quiero terminar esta reseña sin mencionar la figura humana de Stefan Zweig, que siempre me ha interesado. Su vida la contó él mismo en “El Mundo de Ayer”, su genial autobiografía. Fue un hombre con una marcada vocación escritora, una enorme inteligencia y una sensibilidad que hizo que las heridas que Europa se infringía durante aquellos días (vivió las dos guerras mundiales), pareciesen dolerle a él en lo más profundo de su alma. Prueba de ello es su final. Emigrado en Brasil, agotado tras una vida errante, no pudo soportar más los aciagos días que le tocó vivir y se suicidó junto a su mujer en una humilde habitación. De aquel día nos queda una fotografía y una nota de despedida que finaliza con una esperanza para las generaciones venideras, para nosotros.

“Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí”.

Nota de despedida de Stefan Zweig

Esperemos que el amanecer en que vivimos actualmente no esconda otra larga noche venidera, porque cada vez parecen ir surgiendo más dudas.

Gratis para ebook.

Momentos Estelares de la Humanidad en papel.

    5. Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro es otro de mis escritores favoritos, pero no por sus relatos, que fue el género que ocupó su vida literaria, sino por sus diarios.

Prosas apátridas es una selección de reflexiones cortas, de media página cada una y de temática variada. Un libro muy corto, perfecto para leer un rato por las noches o en un viaje.

Lo descubrí por recomendación de alguien. Me pasa a menudo que cuando conozco a una persona y me dice que lee, me intereso por sus libros favoritos. Pero la respuesta suele decepcionar. Porque cuando preguntas por aficiones, el 80% de la gente incluye leer, además del cine, el deporte, salir con los amigos y viajar. El quinteto que no falla. Sin embargo, luego ves en la prensa que el 40% de españoles no lee ningún libro al año y piensas que algo no cuadra. Que quizá cuando decimos que nos gusta “leer” nos referimos al correo electrónico o a los carteles publicitarios. No sé, digo yo.

El caso es que esta vez no ocurrió así, y me llevé una recomendación de las buenas. Al poco de empezar el libro, me di cuenta de que yo hago algo parecido a Ribeyro cuando anoto ideas con la esperanza de que se conviertan, en el futuro, en entradas para el blog. La mayoría de esas ideas están dispersas en libretas, en correos enviados a mí mismo o en documentos Word abandonados que no sé si algún día verán la luz convertidos en textos coherentes. Quizá debería hacer como Ribeyro y publicar mis propias Prosas Apátridas algún día, así resolvería de golpe el problema de la acumulación de ideas.

Los diarios completos de este escritor también están publicados, bajo el título La Tentación del Fracaso, otro libro que me encantó pero que sólo recomendaría a fans del escritor o del género del diario. Primero dale la oportunidad a Prosas Apátridas porque tendrás la dosis justa de Ribeyro. Y ya, si te gusta, puedes ir a por más.

Prosas Apátridas en papel.

     6. Nada y así sea, Oriana Fallaci

Soy consciente de que me estoy pasando con el género histórico y bélico, pero tenía que incluir este libro.

Un día una niña de 5 años le hace a su tía una pregunta tan sencilla como difícil de responder, “¿qué es la vida?”

Su tía, que no es otra que Oriana Fallaci, se fue a la guerra de Vietnam para poder encontrar una respuesta. Y lo hizo.

Lo hizo y lo escribió en un gran libro. Escribió cómo los seres humanos se matan por un trozo de tierra y cómo la vida de un soldado no vale nada mientras que, a la vez, un equipo de médicos en Estados Unidos trabaja durante horas para salvar otra vida exactamente igual. Porque quizá uno no es igual a uno. Y por eso en Occidente sólo sentimos dolor cuando la sangre podría habernos salpicado a nosotros.

En este libro Oriana reflexiona sobre todos estos temas, y lo hace jugándose el pellejo. Porque cuando leo a Oriana me doy cuenta del significado de la palabra valentía. De que hay personas que sí se atreven a sacudirse la rutina y la comodidad para salir ahí fuera y vivir la vida con toda la intensidad posible. Y encima nos lo cuentan en un libro, ¿se les puede pedir más?

Y es que Oriana se plantea las mismas preguntas que nosotros en nuestra habitación, pero ella desde las trincheras de Vietnam. Allí subió en aviones que caían en picado disparando, convivió con los soldados, visitó aldeas desoladas por la guerra, entrevistó a los protagonistas de uno y otro bando, recogió testimonios de los vietnamitas que iban a la guerra “a morir” y se jugó la vida para poder contar todo esto.

Fue allí a por una respuesta para su sobrina de 5 años, “¿qué es la vida?”. Y la encontró y con ella tituló su libro.

Nada y así sea en papel

     7. Alta fidelidad, Nick Hornby

A veces encuentro gente, supuestamente muy culta, que parece renegar de cualquier libro o película si se ha producido en los últimos años. Básicamente se basan en la premisa de que, si no es antiguo, no puede ser bueno.

La verdad que rodeados por Gran Hermano Vip, por el periodismo del morbo y por altas dosis de cultura de usar y tirar, puede llegar a ser comprensible este pesimismo sobre el momento actual. Pero hasta cierto punto.

Yo creo que hoy en día se hacen películas tan buenas como hace 50 años y se escriben libros de la misma calidad o mayor que hace 200. Aunque haya que buscar más para poder encontrarlos, para separar el grano de la paja, porque ésta es más abundante hoy que nunca.

Y esas mismas personas, ante un clásico, siempre contestarán que les ha encantado. Aunque le haya aburrido soberanamente. Que no se diga.

Que haya más “clásicos” buenos en términos relativos es normal. Porque han sobrevivido el paso del tiempo, que es el único juez posible. Y a veces comparamos cualquier cosa del presente con lo mejor del pasado. Pero de ahí a encumbrar a unos y desacreditar a otros, dista mucho.

Digo esto porque éste es uno de esos libros que, por su género –relaciones de pareja a los treinta- y por su año de edición -1995- podría ser ninguneado por no ser “un clásico”. Sin embargo, a mí me encantó, me entretuve con las peripecias de Rob Gordon y me sentí muy identificado en muchos puntos. Porque hay tiempo para todo, y a un libro le podemos pedir conocimiento filosófico pero también un rato de entretenimiento. Lo importante es saber lo que buscamos antes de empezarlo. Y Alta Fidelidad sin duda te lo da, por eso tenía que estar en esta lista.

Gratis para ebook.

Alta Fidelidad en papel.

     8. Cuando te envuelvan las llamas, David Sedaris

Hay veces que cojo un libro con escepticismo e incluso con algún prejuicio. Como esperando que me decepcionen las primeras 25 páginas y así tener una excusa para abandonar la lectura. Uno menos en la lista de pendientes, una pequeña sensación de alivio en ese Excel interminable.

Así que cuando afronto un libro con esta predisposición y luego, no sólo no me decepciona, sino que me gusta, tiene mérito doble.

Eso es lo que me ocurrió con David Sedaris. Una lectura que comencé con el ceño fruncido y ganas de liquidarlo en las primeras páginas, pero que le dio la vuelta a la tortilla y me tuvo entregado leyendo sus historias hasta el final.

No soy alguien que se ría fácilmente con las comedias. A veces en el cine observo con envidia a mi alrededor, cuando escucho las carcajadas de los espectadores. A mí me puede resultar graciosa la escena y esbozar una sonrisa, pero reírme a mandíbula abierta… Raras veces. Con los libros me pasa algo parecido. Sonreír sí; reír, difícil.

Digo esto porque los libros de Sedaris constan de historias independientes con el sentido del humor como punto común. Y no puedo decir que me hagan desternillarme, pero sus situaciones surrealistas me hacen más gracia que cualquier libro que haya leído del género.

Además, lo consigue escribiendo bien, logra introducirme en sus historias con la dosis justa de pasajes descriptivos. Hace poco comentaba con un amigo al que le gusta escribir que nuestra generación no está preparada para pasajes descriptivos eternos en los libros. Que necesitamos que la historia progrese, que el escritor vaya al grano, para que no abandonemos la lectura, y que quizá por eso algunos clásicos tienen ahora menos pegada. Y en Sedaris admiro esa justa medida. La dosis que hace que me imagine la escena, pero que permite que la acción avance, sin apabullarme con detalles superfluos.

No esperes de este libro lo mismo que de “La insoportable levedad del ser”, pero ya dije que quería incluir diferentes géneros. Y si te gustan los blogs, los libros de Sedaris pueden ser adecuados para ti, porque sus capítulos son como entradas algo más largas. Siempre pienso que, si algún día me lanzo a escribir entradas con sentido del humor, me gustaría hacerlo como David Sedaris.

Ebook (amazon)

Cuando te Envuelvan las Llamas en papel

     9. Una breve historia de casi todo, Bill Bryson

Quería incluir también algún libro de divulgación científica, y éste me parece un ejemplo perfecto para ello.

Este libro lo leí hace unos cuantos años y extraje algunas enseñanzas en las que he profundizado desde entonces. Nuestra insignificancia en ese reloj cósmico en el que la presencia del ser humano apenas representa unos segundos comparado con la edad del universo, nuestra pequeñez frente a las millones de galaxias y estrellas que existen, la remota posibilidad que tenemos de estar vivos y lo agradecidos que debemos estar por ello, y la existencia de grandes hombres y mujeres que se fueron un poco más allá en la ciencia para que hoy podamos entender el mundo en que vivimos.

Siempre que pienso en este libro recuerdo una anécdota relacionada con los días en que lo leí. Tengo un amigo, al que le gusta mucho la ciencia, que empezó este libro bajo mi recomendación cuando yo todavía no lo había terminado. A los pocos días me alcanzó y pudimos seguir leyendo al mismo ritmo y comentar los capítulos que más nos gustaban.

Siempre que nos juntábamos y acabábamos hablando del libro, coincidíamos en una sensación que prevalecía sobre todas las demás mientras lo leíamos. Esa sensación era ligereza, de que nuestras vidas son insignificantes frente al inmenso universo. De que somos fruto de un conjunto de casualidades remotas y que bastaría con que uno de los miles de meteoritos que vagan por el espacio colisionase con la tierra para terminar con todo. Una sensación de intrascendencia, de que nuestras vidas no son tan importantes comparadas con la cantidad de seres que han habitado y habitarán este planeta, y de que nuestros problemas y nuestras decisiones no tienen tanto peso como a veces le damos.

Embriagados por estas sensaciones, mi amigo y yo creamos un lema para referirnos a todo ello. Era una tontería de adolescentes, pero a nosotros nos hacía gracia y sentíamos que teníamos algo juntos que los demás no comprendían. La frase era “Nothing to lose”, y se refería a que en esta vida pasajera no significamos mucho en comparación con las magnitudes del universo, y que no tenemos demasiado que perder. Era como decir: cero preocupaciones, carpe diem.

La ocasión en la que más usábamos la frase era cuando salíamos de fiesta. Quizá porque nos ayudaba a encontrar valentía en medio de nuestra timidez. Valentía para hablar con esa chica de la barra, valentía para sincerarnos o valentía para bailar como si nadie nos estuviese mirando. En un universo con millones de galaxias como la nuestra, tampoco importaba tanto hacer el ridículo un rato.

“Nothing to lose”, nos repetíamos el uno al otro cuando veíamos que la ocasión lo requería. Y entonces sentíamos que lo que hiciésemos dejaba de tener trascendencia. Que éramos granos de arena en una playa infinita y que dentro de 500 años nadie se acordaría de nosotros. 500 años que nada significan en la escala del universo.

El caso es que se convirtió en nuestra frase tótem en esas noches madrileñas. Quien me conozca sabrá que me duró poco el lema “Nothing to lose”, que soy más bien de los que se quedan pegaos a la pared con una copa en la mano observando como baila el poseso de la discoteca, mientras imagino la sensación que tendrá ese chico cuando despierte por la mañana. Pero oye, a veces quizá hay que poner un poco de “Nothing to lose” en la vida, y durante aquellos días lo hicimos y el caso es que nos sentíamos más vivos que nunca.

Una de esas noches estábamos en un bar irlandés cerca de la plaza de Sol. Mi amigo sujetaba una pinta en la mano y hablaba sobre los tipos de cerveza que había probado en su Erasmus en Bélgica, pero tenía la mirada ida, como si no estuviese allí conmigo. Observé hacia donde miraba y vi una chica morena con el pelo rizado, justo como yo sabía que le gustaban a él. Ella le miraba a él de reojo, un poco nerviosa y buscando el cobijo de su grupo de amigas cuando las miradas se hacían demasiado evidentes.

Mi amigo es un chico bastante tímido que en condiciones normales jamás se atrevería a hablar con una desconocida en un bar. Pero pensé que esta vez era diferente, los dos estábamos terminando de leer el libro y seguramente sería de las últimas noches que podríamos usar nuestra frase. Como si una vez concluida la lectura del libro ya no nos estuviese permitido vivir de esa manera un tanto desinhibida. Así que me acerqué a él y le dije al oído que esa chica estaba aquí por una serie de casualidades que ni siquiera podíamos imaginar. Que en un planeta de 4.500 millones de años, ellos dos habían coincidido en espacio y tiempo y terminado en el mismo bar por una especie de milagro. Y, sobre todo, le dije al oído nuestra frase: “Nothing to lose”. No había nada que perder porque jamás a nadie le importaría que esa chica le rechazase o que tuviese novio. Mi amigo estaba ahí para actuar, no para quedarse mirando.

La frase tuvo el efecto que buscaba, mi amigo se armó de valor, pronunció la frase un par de veces en voz baja para convencerse, y se dirigió hacia la chica de pelo rizado. Esto ocurrió hace unos 6 años.

En Septiembre del año estuve en la boda de ambos. Fue en Zaragoza y, en un momento del baile, cogí a mi amigo del brazo y lo aparté un poco. Cuando me miró noté que sabía lo que le iba a decir. Me acerqué a su oído y le susurré, “nothing to lose”. Una frase que ahora nos suena ridícula, pero que fue capaz de cambiar dos vidas para siempre, la suya y la de la chica de pelo rizado que resultó llamarse Ana. Él me miró sonriendo y ligeramente emocionado, y no hizo falta decir nada más.

Desde entonces, cada vez que abro un nuevo libro, soy consciente de que podría cambiarme la vida.

Gratis para ebook.

Una Breve Historia de Casi Todo, en papel.

     10 –

La verdad que no hay décimo libro, ése es para vosotros. Porque ahora viene la petición que os había anunciado. Ha empezado 2017 y necesito recomendaciones de libros que os hayan encantado a vosotros. Podéis enviarlo por mail o aquí abajo en los comentarios, prefiero esta segunda opción para que otros también puedan aprovecharse de vuestras recomendaciones. Por eso, mil gracias!

@soldadito_m

La entrada A quien guste leer aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/quien-guste-leer/feed/ 75 1088
Una armónica en Ponzano http://soldaditomarinero.com/armonica-ponzano/ http://soldaditomarinero.com/armonica-ponzano/#comments Thu, 08 Dec 2016 20:14:27 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1070 Era una de esas noches en que me iba a quedar en casa, pero me llamó un amigo y accedí a tomarme una cerveza en la calle Ponzano de Madrid. Hacía frío. La calle estaba repleta de gente y un músico trataba de hacerse oír con su armónica desde un portal. A veces escucho a […]

La entrada Una armónica en Ponzano aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
Era una de esas noches en que me iba a quedar en casa, pero me llamó un amigo y accedí a tomarme una cerveza en la calle Ponzano de Madrid.

Hacía frío. La calle estaba repleta de gente y un músico trataba de hacerse oír con su armónica desde un portal. A veces escucho a amigos que regresan de sus viajes a países en desarrollo contando sorprendidos el enorme contraste que encuentran allí. Barrios en los cuales conviven chabolas con lujosas casas, a veces incluso compartiendo fachada. La verdad que no hace falta ir tan lejos. Observé al músico y a la multitud que pasaba a su lado buscando un restaurante para cenar, sin siquiera percatarse de su presencia. Yo, en la mayoría de los casos, soy como esa multitud, indiferente al sufrimiento cotidiano. Una indiferencia nacida de la costumbre, por eso sólo nos sorprendemos cuando viajamos.

Volvamos a Ponzano. Se trata de una calle bastante iluminada, más por las luces que salen de los bares que por las escasas farolas que hay instaladas. La mayoría de establecimientos tienen un enorme cristal a modo de escaparate, por donde se pueden observar parejas cenando, grupos de amigos en la barra y algún lobo solitario en busca de alguien con quien charlar.

Todos los sitios estaban repletos. Siempre que salgo un día no esperado (era lunes) pienso en toda esa gente que hay cada día ahí fuera mientras yo, en circunstancias normales, estaría en el sofá de mi casa, ajeno a toda ese ajetreo. La vida que no para un instante.

Prosas Apátridas, Julio Ramón Ribeyro (1975)

Observando estos escaparates de vidas minúsculas, me preguntaba cuántas parejas de las que allí cenaban se habían conocido en Tinder y hoy era su primera cita. Sonrisas tímidas, esfuerzos por mantener viva la conversación y gestos nerviosos. Indecisión mirando la carta, han leído en algún sitio que en una primera cita nunca se debe pedir espaguetis ni calamares en su tinta.

Recordé a una amiga que me dice que todo ese preámbulo es lo que le da pereza para empezar una relación. Le gustaría saltarse todo ese protocolo, conocer a alguien y directamente no tener que preocuparse por camuflar sus manías o por acostumbrarse a las de él, poder estar relajada sabiendo que no hay porqué fingir ser más interesante de lo que realmente es. Poder coger la carta del menú y elegir un plato de espaguetis sin miedo a que sean demasiado largos para enrollarlos en el tenedor a la primera. Dice que no le apetece esa travesía hasta que pueda estar cómoda con alguien, aunque años atrás esa travesía es lo que le hacía saltar el corazón del pecho.

Por fin llegó mi amigo, que antes de decir hola me contó que estaba impactado por una película que acababa de ver en el cine. Me dijo que tenía que ir a verla enseguida, recreándose en todas las virtudes de la cinta. Pensé que ésa era precisamente la mejor forma de que la película me decepcionase cuando la viese. Levantar expectativas. Y es que, desde hace tiempo, cuando me gusta mucho una película o un libro y tengo que recomendarlo, me limito a un simple “no está mal”. De otra forma sé que, con casi toda seguridad, resultará decepcionante para la otra persona.

Después de esta introducción cinéfila entramos en un bar. Cada ronda la pagaba uno, sin importar quién había empezado o quién iba a pagar la última. Se agradece salir con alguien así, que no está preocupado por si al final de la noche habrá puesto cincuenta céntimos de más o de menos. Él siempre dice que la diferencia entre ser tacaño y generoso en este tipo de planes, puede ser de 50 euros al final de un año entero. Los mismos 50 euros que te gastas en la matrícula del gimnasio para luego no ir. Creo que tiene razón, prefiero empezar el año asumiendo esa pérdida y estar tranquilo el resto del año, sin preocuparme de si he pagado una ronda de más.

Una cerveza se convirtió en tres o cuatro, como suele ocurrir, y allí seguíamos arreglando el mundo a nuestra manera. Esta vez le tocaba pedir a él, así que aproveché para ir al baño. Pero algo tan aparentemente sencillo puede no serlo en absoluto. En su afán por parecer cada vez más originales, los dueños de los locales han olvidado que lo más importante es saber a qué baño entrar. Así que inventan nuevas figuras, símbolos o vete a saber qué, para señalizar algo tan simple como cuál es el de mujeres y cuál el de hombres.

He encontrado lápices y sacapuntas, tornillos y tuercas o incluso un sombrero que parece una pamela y un pintalabios que podría ser un cigarro. Una vez me topé con dos pequeños cuadros de arte abstracto que supuestamente simbolizaban ambos géneros. Muy bonito, eso sí, pero tuve que elegir la puerta al azar.

Esta vez, tras mirar alternativamente ambas puertas decidiendo qué símbolo era más masculino, acerté. Antes de salir me lavé las manos y me miré al espejo. Cuando iba a la Universidad y salía de noche ese vistazo a mi reflejo era un momento importante. Porque tomabas conciencia de cómo te veías esa noche. La diferencia entre volver a la pista de baile a comerte el mundo o volverte a casa de forma prematura. Siempre me preguntaba (y lo sigo haciendo) si la enorme diferencia que apreciaba en mí mismo entre unos días y otros, era también percibida por los demás. Porque yo al resto los veía prácticamente iguales todas las noches.

A la vuelta mi amigo estaba mirando al infinito, signo inequívoco de que había entrado en “modo conversación profunda”. Cuando llegué a su lado me lo confirmó con esta pregunta -¿Tú saldrías con alguien como tú?

La verdad que no era ninguna tontería, es algo que me he preguntado muchas veces. Podía haberle contestado con alguna frase de Woody Allen o de Grouxo Marx, o con un resumen de este post que escribí, pero decidí contestarle con esta escena de Emilio Duró. (Ya sé que te cuesta pinchar en los vídeos, pero dura 10 segundos)

Una pena que, aunque conozca la teoría, a veces cueste aplicarla.

Estando en el bar entró un antiguo compañero de clase. No lo había visto en años, pero nos dimos un abrazo. Comentamos las típicas cosas triviales y nos despedimos con un “a ver si quedamos algún día”. Pensé que despedirse de alguien con esa frase es garantía de que no le volverás a ver, al menos hasta que una casualidad lo ponga otra vez en tu camino.

Mi amigo había avisado a tres amigas suyas para que viniesen al bar. A pesar de la enorme cola que había fuera, lograron colarse tras una breve conversación con el portero ante la mirada amenazante de los que esperaban. Una vez dentro, una de ellas nos dio a cada uno un beso en la mejilla para saludarnos. Lo comento porque nos dio un beso, pero de los de verdad. La mayoría de gente simplemente roza su cara con la del otro. Yo estoy en ese grupo, siempre me ha parecido imposible que dos personas se puedan besar en la cara a la vez. Estudié 4 asignaturas de física en la carrera para entender que, si uno gira la cabeza 90 grados, las cabezas quedan perpendiculares y el otro no llega. Es imposible. Punto. Y eso nos ha convertido en un mundo de rozadores caras.

Así que de alguna manera admiro a la gente que da besos en la cara de verdad. Es decir, que pone sus labios en la mejilla de forma decidida y la besa, con sonido y todo. La persona que recibe el beso se suele quedar con cara de circunstancias y con la imposibilidad de corresponder el gesto, pero siempre resulta agradable saber que aún quedan besadores de mejillas, más allá de las abuelas.

Una vez recompuestos tras el inusual impacto recibido en la mejilla, la conversación no fluía. Eran amigas de mi amigo, así que yo había dado por supuesto que los esfuerzos porque la cosa fluyese correrían de su parte. Pero él no parecía dispuesto a hacer nada por ayudar. Ante tal situación, tuve que recurrir a un comodín que nunca falla. A la que se ha convertido en la salida fácil para los silencios incómodos cuando en la cena de Navidad de la empresa te toca sentarte junto al responsable de contabilidad, a quien apenas conoces. Perdón por el desahogo, pero acabé sabiendo más de los gustos seriéfilos de ese hombre que de cualquier amigo mío. Porque el tema es ése, las series de televisión. Algo de lo que casi todo el mundo tiene algo que decir.

Me limité a un leve “ejem… pues antes de salir hoy estaba en casa viendo un capítulo de… mmm… ¿cómo se llama esta serie nueva?”

Bastó con esa frase para que el silencio previo se tornase en un torbellino de comentarios para intentar dar con el título de la serie. Salieron a la palestra nombres de series que desconozco, y cuando alguien por fin dijo una serie de la que había visto un par de capítulos asentí con entusiasmo. “Ésa, ésa es!”

La chispa ya estaba prendida, tuvimos conversación para rato. Que si House of Cards, que si The Crown, que si Juego de Tronos… Yo siempre he sido más de series de capítulos cortos e independientes, tipo Friends, que de películas eternas de 7 temporadas con un principio y un desenlace. Además, con este tema siempre se apodera de mí cierta sensación de ansiedad, una sed imposible de saciar. Porque cuando te recomiendan un libro o una peli, con que le dediques unas horas al tema lo dejas liquidado. Pero cuando te recomiendan una serie que lleva emitiéndose 7 temporadas con 12 capítulos de 50 minutos cada uno, cuidado. Aquí la inversión de tiempo si quieres “ponerte al día” es considerable.

Así que siempre tengo la sensación de que hay mucho por ver y poco tiempo para hacerlo. Mi “wish list” de series, libros y películas no deja de crecer y mengua a una velocidad ínfima. Hay series en mi lista que llevan ahí desde hace una década. Si tuviesen sentimientos verían resignadas cómo nuevas incorporaciones a la lista las adelantan en cuando a prioridad. Porque con las listas no funciona el concepto FIFO, aquí llevar más tiempo suele significar menos probabilidades de salir.

A veces, cuando estoy leyendo, me sorprende que escritores de los que me separa casi un siglo sintiesen las mismas cosas que yo:

El caso es que, cuando veo un par de capítulos de una de esas series que recomiendan como la-tienes-que-ver-sí-o-sí y no me gusta, en el fondo me alegro. Una menos.

Además, no sirve sólo con ver series o leer los libros de la lista. Luego viene la frustración por retener conocimiento. Esa sensación cobra especial importancia cuando estoy mirando artículos en internet, en revistas o en el periódico. Mientras voy leyendo ya estoy pensando que me olvidaré a no ser que lo anote en algún sitio. Por eso desde que escribo intento dejar rastro de todo lo que pueda serme interesante para una entrada, lo que ha convertido mi mesa en una acumulación de notitas que a veces ni yo mismo entiendo, y mi bandeja de correo en un repositorio de mails enviados a mí mismo para recordar las ideas que se me pasan por la cabeza.

El caso es que acabé la conversación de las series con otras cuentas para anotar en la lista al llegar a casa. Como cuando vuelvo de un viaje redentor y quiero cocinar cientos de platos, hacer miles de planes y ver películas o series que me han recomendado.

Y con la conversación sobre series y estos pensamientos terminó la noche.

Cuando salí del bar vi que había empezado a llover. Las calles estaban más vacías que una hora antes, pero el músico de la armónica seguía allí, tocando bajo la lluvia. Y pensé que seguro que su “wish list” es mucho más liviana que la mía. Que su preocupación en este momento es encontrar un techo donde dormir o algo que llevarse a la boca. Y que, mientras yo quiero saberlo todo y ver todas las series del planeta, quizá él se conforma con poder tocar con su sencilla armónica en la calle Ponzano, esperando a que alguien repare en su presencia.

 

@Soldadito_m

Necesito saber si este tipo de entrada gusta, si voy bien por aquí. Necesito un comentario.

La entrada Una armónica en Ponzano aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/armonica-ponzano/feed/ 36 1070
Hasta Tahití http://soldaditomarinero.com/hasta-tahiti/ http://soldaditomarinero.com/hasta-tahiti/#comments Sat, 26 Nov 2016 20:27:19 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1056 Cuando era un niño, mi mamá me dijo “Solo hay una chica para ti en el mundo Y probablemente vive en Tahití” Recorrería el mundo entero Sólo para encontrarla Wreckless Eric – Whole Wide World Muchos ya la han encontrado, pero somos también muchos los que no lo hemos hecho. Y en estos meses repletos […]

La entrada Hasta Tahití aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
Cuando era un niño, mi mamá me dijo
“Solo hay una chica para ti en el mundo
Y probablemente vive en Tahití”
Recorrería el mundo entero

Sólo para encontrarla

Wreckless Eric – Whole Wide World

Muchos ya la han encontrado, pero somos también muchos los que no lo hemos hecho.

Y en estos meses repletos de bodas y despedidas de soltero me acuerdo de esa canción, y de la genial escena de la película Más Extraño que la Ficción.

Y pienso que no. Que no es cierto que sólo haya una chica para cada uno de nosotros. Pero en un mundo tan grande con encontrar a una nos basta. Y esa una es de la que habla la canción, puede estar leyendo esto en su casa o puede estar en Tahití. Pero está ahí.

Y sólo queda buscar. Llegar hasta los confines del mundo si hace falta, guiados por lo que en el fondo muchos queremos, aunque no lo digamos para hacernos los fuertes.

Para encontrarla, para dejar de bailar solos, para dejarnos caer sabiendo que alguien nos cogerá. Para dejar de fingir, para mirar a través de otros ojos, para encontrar ese sitio del que ya no se quiere regresar. Para dejar de ser prisioneros.

delgada-linea-roja

Y quizá tengamos que esperar bastante. Ver como todos nuestros amigos nos adelantan por la derecha. Ver en Instagram cómo aquellas chicas mejores que nosotros, a las que dejamos marchar no sabemos muy bien por qué, encontraron lo que no les dimos y avanzan en su vida.

Ir a bodas y que nos pongan en la mesa de los solteros. Ser objeto de bromas sobre nuestra soltería. Sentirnos el comodín para salir de fiesta cuando la novia de nuestro mejor amigo se vaya de puente, vernos excluidos en las ofertas de dos por uno y estar rodeados de gente cada vez más joven.

Pero da igual. Aunque tengamos que esperar, alguien está ahí esperándonos a nosotros. Y cuando la encontremos no la dejaremos marchar.

crazy-stupid-love

Aunque para ello tengamos que ir hasta Tahití, aunque tengamos recorrer medio mundo. Aunque tengamos que vencer a la física.

drácula bram stoker

Y entonces sabremos que lo importante no era llegar antes, sino llegar bien y seguros de lo que hacemos.

Porque hay una meta esperando. Una meta que hará que todo lo demás haya merecido la pena. Que elimine las dudas sobre otras vidas posibles. Sobre jugarnos todo a una carta. Porque es LA CARTA.

La única.

Nunca hubo otra posibilidad.

Y seguiremos remando para conseguirlo.

Para tener un cómplice en esta aventura.

Para encontrarte. Para encontrarme.

Para que la canción del inicio del post pueda cambiarse por ésta otra. Aunque para ello haya que llegar hasta Tahití.

Te miro y digo “esto es lo más feliz que he sido nunca”
Y diré “ya no siento más que tenga que ser James Dean”
Y tú dirás “Me siento muy feliz también,
siempre estoy feliz cuando me estoy relajando contigo”

Noah & The Whale – 5 Years Time

*Lo sé, también es una opción quedarse solo, pero hoy me apetecía escribir esto. Qué le voy a hacer 🙂

@Soldadito_m

La entrada Hasta Tahití aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/hasta-tahiti/feed/ 16 1056
La esencia de la vida http://soldaditomarinero.com/la-esencia-la-vida/ http://soldaditomarinero.com/la-esencia-la-vida/#comments Sun, 20 Nov 2016 12:07:01 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1031 Giovanni Drogo llegaba todos los días a la misma hora al cuartel. Entraba por la puerta del vestíbulo y subía corriendo las escaleras hasta su cuarto. Siempre subía los peldaños de dos en dos, como si alguien le estuviese esperando, como si tuviese prisa por llegar al piso superior. Hasta que un día Giovanni subió […]

La entrada La esencia de la vida aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
Giovanni Drogo llegaba todos los días a la misma hora al cuartel. Entraba por la puerta del vestíbulo y subía corriendo las escaleras hasta su cuarto. Siempre subía los peldaños de dos en dos, como si alguien le estuviese esperando, como si tuviese prisa por llegar al piso superior.

Hasta que un día Giovanni subió esos escalones de uno en uno.

Y en aquel momento no se dio cuenta, pero años más tarde comprendería que ése, exactamente ese instante, fue el que marcó la diferencia. El que separó su juventud, llena de sueños y metas por alcanzar, de su madurez, marcada por la desesperanza.

tartaros-desiertoA partir de aquel día, Giovanni Drogo subiría los peldaños siempre de uno en uno hasta su muerte.

Mientras leía este libro pensé en las pequeñas acciones cotidianas que nos definen y que algún día cambiarán, separando las etapas de nuestra vida. Acciones tan pequeñas que sólo el paso del tiempo es capaz de ponerlas en perspectiva, de otorgarles todo su significado.

Y cuando eso ocurre, suele ser demasiado tarde.

Porque no es que Giovanni Drogo se sintiese físicamente cansado para subir los peldaños de dos en dos aquel día. Es que ya no le apetecía. Ya no tenía prisa por llegar a su habitación a abrir un buen libro o a mirar por la ventana el desierto infinito. Ya no sentía el hambre de la juventud, la energía y la curiosidad que agita a los corazones inmaduros.

captura-de-pantalla-completa-19112016-233216-bmp

Subir los escalones de dos en dos, o hacerlo de uno en uno. La gran diferencia escondida en los matices.

Nos parece que los cambios en la vida son progresivos, pero tiene que haber un instante, una chispa que marque la transición. El antes y el después.

Y esas escaleras no eran unas escaleras cualquiera. Subirlas de dos en dos no era solo una forma de alcanzar la cima más rápido. Significaba brío, ligereza, prisas, ambición. Juventud.

Una juventud que quedó enterrada bajo el peso implacable del tiempo.

el-sur-victor-erice

Leyendo el libro pensé que Giovanni Drogo podría ser yo. Que quizá en mi caso no se trate de subir los peldaños de dos en dos, pero que puedo encontrar ese significado en otras acciones de mi vida.

Acciones casi instintivas sin aparente importancia, pero ¿no son acaso estos pequeños detalles los que conforman nuestro carácter, los que nos otorgan nuestra esencia?

Me acordé de cuando cruzo el semáforo corriendo aunque el color verde ya esté parpadeando. Siempre. Como si alguien me esperase al otro lado, como si ganarle al tiempo un par de minutos fuese a marcar la diferencia. Si el semáforo aún no está en rojo, yo tengo la necesidad de acelerar el paso e intentarlo.

Me acordé de cuando bajo corriendo las escaleras mecánicas de la estación de metro si lo veo parado. Aunque no sepa si voy a llegar a tiempo. Si cuando estoy en las escaleras escucho el sonido de su llegada, corro. Porque he aprendido que si dudas, si arrancas tarde, no llegas. Que ese segundo de indecisión es el que marca la diferencia entre coger el tren o perderlo. Y en un mundo regido por las casualidades, quién sabe qué efecto puede tener en mi vida. Entrar en el vagón o esperar al siguiente tren, a veces la felicidad de toda una vida se puede reducir a eso.

En ocasiones las puertas se cierran en mis narices y los pasajeros de dentro me observan con una mirada a veces compasiva y a veces cruel, mientras yo paseo despacio por el andén, aparentando no tener prisa para disimular mi fracaso. Pero, cuando consigo entrar por los pelos una sola vez, cuando la puerta se cierra justo detrás de mí, es entonces cuando merecen la pena todas las derrotas anteriores.

Y me acordé de un principio inamovible: nunca llevo paraguas al trabajo si no está lloviendo al salir de casa. Aunque la predicción meteorológica haya dado 99% de probabilidad de lluvias para la tarde. Aunque me cale hasta los huesos a la vuelta. Me da igual. Si no está lloviendo al salir, el paraguas se queda de casa.

Ya habrá tiempo de volver protegiéndome bajo los tejados y los andamios, pegado a las fachadas de los edificios con los hombros encogidos. ¿Qué encanto tiene, si no, la lluvia en Madrid?

Podría poner mil ejemplos. Y seguro que vosotros también. Esperar a hacer la maleta en el último minuto. Dejaros sorprender por un plan inesperado un martes por la tarde. Quedaros en esa fiesta sin pensar en el mañana. Cruzar el paso de cebra pisando solo las franjas blancas, porque tenéis esa absurda manía.

Lo que sea.

Detalles sin aparente importancia. Acciones casi instintivas, pero que quizá atesoren algo más de nosotros.

Quizá el título de la entrada sea pretencioso. No tengo ni la más remota idea de si la esencia de la vida se encuentra en unos simples peldaños de una escalera o en un paraguas.

Pero sí sospecho que algún día las cosas cambiarán. Que, como Giovanni dejó de subir los escalones de dos en dos, algún día yo me pararé en el paso de cebra cuando parpadee el color verde, o elegiré esperar al siguiente metro, porque 5 minutos no van a ningún lado. O me llevaré uno de esos paraguas plegables en el bolsillo al trabajo. Aunque no esté lloviendo.

Y no me daré cuenta cuando ocurra, no sabré reconocer la importancia de ese momento. Tendrán que pasar años para que entienda que en ese preciso instante estaba perdiendo una parte de mi juventud.

Quizá por eso quería escribir hoy esto, para ser consciente de la importancia de esos detalles, y para saber cuál es la verdadera medida del tiempo. Porque en el mismo libro también leí que los años transcurridos no se miden tanto en días como en ganas de vivir, de hacer cosas, de sentirnos jóvenes.

tart

Y  por eso podemos jugar con el tiempo, manipularlo. Subir los peldaños de dos en dos hasta que no nos queden fuerzas, correr para cruzar el semáforo o mojarnos volviendo del trabajo. Lo que sea. Para exprimir todo su jugo a la vida, para no darnos por vencidos todavía.

 

@Soldadito_m 

La entrada La esencia de la vida aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/la-esencia-la-vida/feed/ 14 1031
Una pelota de plástico en el fondo del mar http://soldaditomarinero.com/pelota-plastico-fondo-mar/ http://soldaditomarinero.com/pelota-plastico-fondo-mar/#comments Tue, 25 Oct 2016 22:27:54 +0000 http://soldaditomarinero.com/?p=1012 Hoy os escribo desde una playa de Vietnam, de esas idílicas que salen en las películas. Estoy sentado en el suelo mirando hacia el mar, que se pierde en un beso de azules infinito. Tengo la espalda apoyada en una especie de tarima de un metro de altura, cubierta por una fina capa de arena […]

La entrada Una pelota de plástico en el fondo del mar aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
Hoy os escribo desde una playa de Vietnam, de esas idílicas que salen en las películas.

Estoy sentado en el suelo mirando hacia el mar, que se pierde en un beso de azules infinito. Tengo la espalda apoyada en una especie de tarima de un metro de altura, cubierta por una fina capa de arena que apenas deja ver los tablones de madera. Sobre la tarima, detrás de mí, se levanta uno de esos chiringuitos del sudeste asiático. Una barra que parece improvisada, unas cuantas sillas altas y el minúsculo espacio del Dj. Huele a sal, a mar y a libertad.

Por delante, algunos cojines colocados en la arena rodeando pequeñas mesas circulares casi a ras de suelo. En cada una de ellas, una vela encendida.

Comienza a anochecer.

A un par de metros a mi derecha veo a un chico, más o menos de mi edad, sentado en mi misma posición. Pelo castaño, bermudas, chanclas y una camiseta blanca con aspecto de no ser su primer uso. Pulseras de tela con los colores de alguna bandera que desconozco, y al cuello un fino cordón negro con un colgante que no logro distinguir desde aquí. Quizá un pequeño Buda o una chapa de metal como las que llevaban los soldados a la guerra.

En situaciones así, mi afán por diseccionar las vidas minúsculas toma su máxima expresión. Y no puedo evitar preguntarme qué hace él en Vietnam, si estará de viaje como yo o un tiempo más prolongado, qué habrá dejado en su lugar de origen.

Está tan abstraído mirando al mar que puedo observarlo sin riesgo de que se incomode. Alrededor de sus ojos se acumulan pequeñísimas arrugas de las provocadas por el sol, pero no por el de tumbona y Martini, sino por el que baña al hombre libre, al que pasa a la intemperie gran parte de su vida. Pienso que seguramente no esté aquí de paso como yo. Lleva impresa en el rostro la lejanía del hogar, una expresión entre la nostalgia y la libertad auténtica, una mirada libre, abierta y de conocer mundo, signos de una identidad viajera.

Imagino que es un viajero solo de ida. De esos que van siempre hacia delante. También en la vida. Y pienso que yo no salgo de casa sin mi billete de vuelta en el bolsillo, sea a donde sea.

Me pregunto qué pudo motivar su partida. La crisis –cuál de ellas-, la esperanza de un futuro mejor o la búsqueda de sí mismo.

Quizá esté huyendo de algo. Y no me refiero a una huida de película escondiéndose de un pasado tormentoso o de un grupo de mafiosos que pide su cabeza, sino a una huida de la rutina, de un estilo de vida anodino, de su zona de confort. O de sí mismo, la huida más difícil.

 la insoportable levedad del ser

Quizá haya leído algún libro de autoayuda de los que te animan a romper con todo e irte a viajar por el mundo. A soltar amarras e ir a por lo que de verdad quieres, no a por lo que los demás esperan de ti.

O quizá haya visto Hacia Rutas Salvajes y se haya lanzado a la aventura.

 hacia rutas salvajes

Lo observo y pienso que por mis venas corre la misma sangre, que dentro de mí hay un “yo” aventurero que rompe con todo y se va muy lejos. Que se da cuenta de que sólo hay una vida, y luego nada. Que comprende que, si al menos no haces lo que te llena en esta vida, es una derrota sin paliativos. Que aquí estamos para vivir sin cadenas.

Pero no. Mi “yo” sedentario ha ganado la partida de momento. Estoy aquí con mi billete de vuelta en el bolsillo. Lo palpo con la mano para comprobar que sigue ahí. Lo hago cada 2 minutos, de forma compulsiva, como siempre que llevo algo importante encima.

Vuelvo a fijarme en mi compañero de tarima, que ahora mira sonriente hacia el mar. Una mirada clara, feliz, despreocupada. Una mirada así sólo puede encerrar una vida liviana, la del aventurero sin equipaje, ni físico ni sentimental.

Y me imagino el cuento de su vida: de familia de clase media, Jack (y no Kerouac) tuvo una vida corriente hasta los 23 años. Fue al instituto en su pequeña ciudad natal y a la Universidad en la capital, con una estancia en una residencia de estudiantes y dos años compartiendo piso, primero con dos amigos y luego con dos chicas. Después de sus estudios comenzó a trabajar en una de esas empresas repletas de recién titulados y ventanas infinitas, vestido cada mañana con un traje que le hace parecer 5 años mayor de lo que es. Metro, atascos, cafés, tupper, cañas después del trabajo, metro, atascos, café, cañas… Y así unos años, en bucle, hasta que un día se miró al espejo y no le gustó lo que vio.

revolutionary road

Además, vino la ruptura con su novia y una oportunidad de irse del trabajo cobrando su finiquito. El empujón definitivo. Para volar.

Hizo las maletas y se marchó al sudeste de Asia. Después de 2 años de travesía está aquí, apoyado en mi misma tarima y mirando hacia el mar. Sumido en su diálogo interno, quién sabe si imaginando mi vida como yo hago con la suya. Seguramente nunca nos hablaremos, pero ahí quedarán nuestros pensamientos cruzados, en la historia de las palabras no dichas.

Sigo observando a mí alrededor. Yo, que en España siempre ando con prisa, aquí me encuentro relajado, pensando en la entrada que puedo escribir esta noche. Me pregunto si la soledad es esto o más bien es lo que dejé atrás.

wild película

Suena un hilo musical agradable, los turistas y los nativos se mezclan en la playa y un niño intenta recuperar una pelota de plástico que el oleaje amenaza con alejar de forma definitiva. Pienso que el mar es como el tiempo y esa pelota como las oportunidades en la vida. Las ves, se acercan un poco y se vuelven a alejar. En un movimiento de vaivén que cada vez las pone un poco más lejos aunque no te des cuenta. Hasta que un día comprendes que ya están demasiado lejos y la marea es demasiado alta.

Quiero saber qué ocurre con esa pelota, pero algo aleja mi atención de esa escena. De repente el hilo musical se convierte en un sonido estridente y me encuentro desorientado.

Me giro hacia mi compañero y nuestras miradas se cruzan por primera vez.

Y entonces lo veo.

A él.

A mí.

Un temor que se había estado apoderando de mí, como queriendo desvelarme un secreto que yo intentaba mantener oculto, se materializa.

Ese joven ni se llama Jack ni está aquí huyendo de nada.

Se trata de mí.

Se hace el silencio a nuestro alrededor, a mí alrededor, solamente interrumpido por el sonido irritante que poco a poco identifico como mi despertador, que reposa sobre la mesilla.

Y me doy cuenta de que sí, de que todo ha sido un sueño.

Una mezcla de alivio y tristeza me invade.

La tarima con la fina capa de arena se ha convertido en mi confortable colchón de ikea, bajó un edredón que me protege. Me protege de la vida aventurera, de las arrugas provocadas por el sol y de las playas de Vietnam. Me quedo unos minutos más así, tumbado sabiendo que hoy llegaré tarde al trabajo. Al metro, a los atascos, al café, a la reunión y a las cañas que tengo esta tarde para despedir a un compañero que se va.

Cierro los ojos y pienso en un niño. Su madre le espera en la orilla del mar. El sol se está ocultando en un horizonte de azules. El niño intenta recuperar una pelota de plástico que se mece sobre las olas. Pero la marea es más fuerte y la pelota ya está demasiado lejos. El niño se queda mirando fijamente, y puede ver como una ola se la lleva hasta que se pierde en las profundidades de un mar salvaje. El niño se da la vuelta y mira a su madre. Sabe que esa pelota ya nunca volverá.

 

@Soldadito_m

La entrada Una pelota de plástico en el fondo del mar aparece primero en Soldadito Marinero Blog.

]]>
http://soldaditomarinero.com/pelota-plastico-fondo-mar/feed/ 25 1012