La higuera - Soldadito Marinero Blog

La higuera

Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.

Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

Esto es lo que dejó escrito Sylvia Plath en 1963. Mientras lo leía me sorprendía la actualidad de sus pensamientos. Me veía a mí mismo delante de esa enorme higuera repleta de higos entre los que poder elegir. Repleta de posibilidades a mi alcance.

Porque me encontraba justo en un momento de mi vida de esos que Gatbsy explica mirando el interior de un microondas.

Momentos en los que te quedas embobado mientras lo único que pasa es tu vida, dando vueltas en una repetición infinita mientras pareces convertirte más en espectador que en protagonista.

Y para salir de ese círculo sabes que tienes que lanzarte a por un higo. Elegir una de las opciones que la vida te pone por delante para avanzar. Pero el abanico de opciones que ves delante de ti te paraliza. Porque a veces, más es menos.

Y ya no sabes si coger esa oportunidad laboral que te seduce, pero que te sacaría de tu zona de confort. De lo que ya dominas.

No sabes si apostar todo a una carta con esa pareja que sí, que podría ser ÉL o ELLA con mayúsculas, pero que no se parece en nada a la historia de príncipes y princesas que te habían contado.

No sabes si tienen razón esos que se van a viajar por el mundo y cuentan sus experiencias en un blog. Aquellos que han soltado las cadenas y han decidido llevar una vida aventurera. Y te sorprendes a ti mismo viendo el programa de Cuatro sobre los viajeros que se fueron lejos a buscar la aventura. Todos parecen muy felices y explican a la cámara que tomaron la decisión correcta. En México, Tailandia, Madagascar o Shangai, da igual. Todos cuentan cómo encontraron aquello que andaban buscando, algunos incluso a sí mismos. Y entonces el periodista les hace siempre la misma pregunta, ¿y sí no hubieses cogido ese avión aquella mañana de invierno?, y los viajeros contestan que hubiese sido el mayor error de sus vidas. Y tú te preguntas si tienes tu propio “y si” esperándote y no lo coges por miedo, o vete a saber por qué. Rebobinas todos los “y si” de tu vida que han marcado el camino en tu higuera, aquellos que te han llevado a donde estás ahora. Para bien o para mal.

Pero cuando apagas la televisión y te metes en la cama te preguntas si esos programas tienen truco, porque sólo entrevistan a los que le salió bien la jugada. Los que siguen en esos destinos, los que se quedaron para hacer sus vidas allí. Pero ¿cuántos de ellos lo intentaron y se volvieron a los 6 meses? Tú sabes que ésos no van a salir en la tele.

Así que, como Gatbsy, nos quedamos mirando girar nuestra vida en el microondas. O como Sylvia Plath nos quedamos debajo de nuestra higuera sin saber qué higo coger. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo aceptar el riesgo de descartar las demás opciones? ¿Cómo jugártelo todo a una carta? Te quedas parado al borde de la higuera, porque mientras no elijas todas las opciones permanecen abiertas. Aunque te mueras de hambre como Sylvia.

Y piensas que te gustaría poder probar los diferentes higos, escalar por cada una de esas ramas para probar todas esas vidas. Y después quedarte con la que más te haya gustado.

Pero no puedes. Tienes que vivir tu vida a la primera, y a eso nadie te ha enseñado ni hay una fórmula mágica que lo resuelva.

El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto.

La Insoportable Levedad del Ser, Milan Kundera (1984)

Por eso a veces preferimos que decidan por nosotros. Que rechacen nuestra candidatura tras esa entrevista de trabajo que hicimos para cambiar de rumbo. Porque si no te elijen, ya no hay que darle más vueltas. Y cuando te pregunten dirás que el destino hizo que te quedases donde estás. Pero en el fondo sabes que no fue el destino, que el motivo fue que pusiste todas tus ganas en esa entrevista porque no querías enfrentarte a la decisión. Al cruce de caminos.

Por eso a veces casi nos alegramos, muy en el fondo, de que nos deje esa pareja con la que no lo veíamos del todo claro. Porque no teníamos el valor de dejarlo nosotros, y cuando nos dejaron nos lo pusieron mucho más fácil. Aunque al principio doliese.

Pero entonces te preguntas si realmente están tomando las decisiones importantes por ti. Si están manejando tu vida o si has cogido tú las riendas. Y te acuerdas de aquella escena de la película en la que viste por primera vez a Natalie Portman como una niña.

Y vuelves entonces a Sylvia. A la higuera. Miras hacia arriba y ves una vida con hijos a los treinta. No, ese higo ya lo dejaste atrás, y lo malo de esta higuera es que cuando dejas atrás una rama ya no puedes volver. Sigues mirando y ves ese trabajo que siempre soñaste, pero que no sabes si te dará de comer. Ese higo está en una rama muy frágil que podría romperse, así que prefieres quedarte en la que estás, una rama robusta con un grosor que crece cada año, más cómoda pero también más baja.

En otra de las ramas inferiores está aquella persona a la que dejaste marchar de tu vida. Y te vuelves a preguntar como tantas otras veces qué hubiese pasado si no lo hubieses hecho. Y por encima está el higo de irte a conocer mundo, como los del programa de televisión y los de los blogs. Y éste todavía está a tu alcance, aunque sabes que no será por mucho tiempo.

Y como Sylvia te imaginas todas esas vidas posibles.

Pensé que tal vez podría dejar los estudios por un año y aprender alfarería. O trabajar para irme a Alemania y ser camarera hasta que fuera bilingüe. Luego, un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza como una familia de conejos dispersa.

La campana de cristal – Sylvia Plath (1963)

Pero entonces ocurre algo que activa tu cerebro. Una desgracia de otra persona que te hace ver que lo importante es estar vivo. Que podía ser mucho peor, y que las decisiones que te han traído hasta aquí no han estado tan mal después de todo. Porque sigues en la higuera y tienes la posibilidad de seguir eligiendo. Con eso a veces basta.

Quizá podamos aprender algo de Sylvia, porque dejó por escrito su valentía, su capacidad de ver donde otros no veían y sus ganas de caerse y levantarse infinitas veces.

Sólo tienes que actuar, coger las riendas.

Y estamos en la mejor época de la historia de la humanidad para coger las riendas, aunque los pesimistas te digan lo contrario.

Si quieres mostrar algo a la gente, puedes hacerlo por internet y sin gastar dinero. Nadie ha podido antes que nosotros.

Si quieres conocer el mundo, no hay fronteras. Nadie pudo viajar tan lejos por tanto poco.

Y si quieres perseguir tus sueños, nadie te lo impide. Sólo tienes vencer tus miedos y ponerte a trabajar duro. No esperes que te lo regalen.

Así que merece la pena pararte a pensar cómo has llegado hasta esta rama de tu higuera y qué quieres que ocurra a partir de ahora. Porque tienes el control, aunque a veces se te olvide.

Y puedes elegir. Acción o inacción.

Coger las riendas o dejarte llevar. Se protagonista o actor secundario. Quedarte debajo de la higuera, o lanzarte a por el higo que siempre has querido.

Nunca podré expresar con palabras la importancia de los comentarios, buenos y malos 🙂 

@soldadito_m

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  6. Por Wendy Adler

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