Y tú preocupada. Preocupada por esa primera cita. Por tener preparados temas de conversación, por evitar silencios incómodos. Por ofrecer tu mejor versión. Y, sin embargo, no era necesario. No era necesario porque me tenías ganado de antemano. Me habías ganado antes de jugar el partido, incluso antes de saltar al campo. Mucho antes de