La última mirada - Soldadito Marinero Blog

La última mirada

Hoy escribo sobre una mujer que fue a la guerra.

Una mujer con mayúsculas, una mujer valiente que se marchó a Vietnam en busca de respuestas ante preguntas que muchos nos hacemos.

Por ella supe de esta foto, de esta imagen tomada segundos antes de que él apretase el gatillo.

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El verdugo se llamaba Loan, un general survietnamita aliado de los norteamericanos en la guerra de Vietnam. No os olvidéis de él.

Oriana Fallaci era la mujer en cuestión. Su hermana de cinco años le había preguntado qué es la vida. Y Oriana pensó que la mejor respuesta la encontraría allá donde los hombres se matan los unos a los otros por un pedazo de tierra.

Y así partió hacia Vietnam. Y lo contó todo.

Todo es todo.

Contó de lo que es capaz el ser humano. Contó las miserias de la guerra. Contó lo que se siente una persona subida en un avión disparando a soldados que minutos más tarde yacen flotando en el río, mientras a pocos metros de distancia los campesinos siguen recogiendo arroz para ganarse la vida. Entrevistó al verdugo Loan para intentar entender al ser humano hasta en sus profundidades más oscuras.

Fue la voz de los perdedores, de los pequeños, de los silenciosos, de los que van a la guerra a morir, sin ninguna esperanza de volver. Aquellos que aceptan la muerte como parte de la vida.

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Contó las contradicciones del mundo, cómo allí una vida no vale nada mientras aquí nos rasgamos las vestiduras con cada muerte. Como si sólo nos molestase cuando nos salpica la sangre a la cara.

Se preguntaba cómo es posible que en un hospital un cirujano pase 9 horas para salvar la vida de una persona, rodeada de enfermeros y aparatos con la última tecnología, mientras en las trincheras mueren a millares mientras a todos nos parece normal. ¿Son acaso menos seres humanos los de las trincheras que el paciente del hospital?

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Ayer me decía una amiga, una en cuyos ojos puedes mirarte hasta que todo lo demás desaparece, que todas las vidas deberían valer lo mismo. Y Oriana lo entendió en Vietnam.

Y cuando miro esa foto de Loan apuntando con su revólver, no puedo evitar fijarme en la mirada del soldado norvietnamita. La mirada de aquél que sabe que va a morir.

Miro la foto y me sorprende cómo una cámara pudo captar el segundo preciso antes de la muerte de una persona. La muerte de alguien que no significa nada en la historia de la humanidad, pero que tuvo sus pasiones, sus miedos, sus momentos de alegría y de tristeza. Como los tuyos y los míos. Y todo eso se esfumó sin dejar rastro.

Parece mentira la fragilidad de la vida. Andamos con nuestra pesada carga y llenamos la vida de preocupaciones superfluas sin sospechar que no somos nada y que basta con muy poco para acabar con todo.

El peso de nuestra carga vital comparada con la vulnerabilidad del cuerpo humano, para el que un leve disparo es suficiente para poner el punto y final. A veces por una simple casualidad.

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Y esa imagen de Loan y del soldado norvietnamita me recordó a otra fotografía de un hombre segundos antes de morir. Aún hoy me causa cierta impresión.

La serenidad de su rostro, la tranquilidad con la que afronta el momento decisivo, la limpieza de su mirada.

El perdón.

Porque esa mirada es la que dirigía a su verdugo, momentos antes de morir fusilado.

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De rodillas en un campo español. Con un arma apuntando hacia su rostro, sabiendo que no hay marcha atrás. Y, sin embargo, tranquilo, sereno, paciente. No parece difícil adivinar que su conciencia partía tranquila en el momento decisivo.

Como todos queremos que parta la nuestra cuando llegue el momento.

Fracciones de segundo después, esta persona dejó de existir para siempre. Igual que el vietnamita.

Porque no hay nada más irreversible que la muerte. Todo el futuro segado en un solo movimiento. Personas que conocer, películas que ver, paseos por el campo que quedarán enterrados, puestas de sol en buena compañía y quién sabe si libros que escribir.

Lo que sea que le tuviese guardado el destino quedó truncado para siempre. ¿Por qué él y no yo?

Y ahora lo tenemos ahí delante, mirándonos. Ni siquiera sabemos su nombre. Pero podemos mirar su rostro y comprender que quizá nos quiere decir algo. Sube y observa su mirada.

Observarlo me recuerda al profesor Keating mirando con sus alumnos los retratos de antiguos colegiales, chicos como ellos pero que ahora yacen bajo tierra. Son iguales, tienen la misma edad, tuvieron los mismos sueños, las mismas dudas, y se esfumaron.

Quizá a veces hay que preguntar a los muertos, porque quizá sean los que más tengan que explicarnos, de los que mejor podamos aprender (vídeo)

Y es que quizá no hay mejor manera de valorar la vida que mirar frente a frente a la muerte.

A aquellos que ahora yacen bajo tierra.

Hablar con aquellos que transitaron estas tierras y que desaparecieron para siempre como haremos todos nosotros algún día, preguntarles de qué se arrepienten. Y seguramente nos dirían que se arrepienten de peleas, discusiones, enfados, de algunas palabras de más y de las cosas que no hicieron.

Y que no se arrepienten de las cosas que sí hicieron, de cuando se arriesgaron, de las risas y de los abrazos.

No hace falta imaginar tanto. La enfermera Bronnie Ware de la sección de pacientes terminales de un Hospital ya nos lo contó. Nos contó los cinco mayores arrepentimientos de los que van a morir. Y no está de más recordarlos.

  1. Ojalá hubiera tenido el valor de vivir la vida que quise, no la que los demás esperaban de mí.
  2. Ojalá no hubiera trabajado tanto
  3. Ojalá hubiera tenido el valor suficiente para expresar mis sentimientos
  4. Ojalá hubiera mantenido el contacto con mis amigos
  5. Ojalá me hubiera permitido ser más feliz

Así que nos toca poner la teoría en práctica. Vivir lo mejor que podamos.

Agradecidos a pesar de todas las cosas que nos incomodan.

Y si alguna vez se te olvida, puedes mirar sus ojos para que te lo recuerden.

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Para que te recuerden que tú tienes la oportunidad que él no tuvo.

Y que podemos estar agradecidos sabiendo lo afortunados que somos de que nadie apriete el gatillo.

Porque Loan lo apretó.

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Una fotografía tomada segundos después de la que abría esta entrada.

Loan acabó sirviendo pizzas en Estados Unidos después de la guerra, como si hubiese borrado todo su pasado. Como si la realidad siempre pudiese sorprendernos un poco más.

Y Oriana en aquella tierra de horror encontró la respuesta para su hermana pequeña. Y lo escribió en un libro.

Nada, y así sea.

Esa fue su respuesta.

Pero aunque no signifique nada, o quizá precisamente por eso, aquí estamos para hacer algo. Para no pasar de puntillas. Para hacer como hizo ella. Luchar por algo, rebelarse, hacer el mundo un lugar más justo.

No, no es una frase de Mr. Wonderful. Es una frase de Oriana Fallaci.

De una mujer valiente que fue a la guerra y exprimió todo el jugo que la vida le ofrecía. Hasta que no quedó nada.

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Oriana Fallaci (1929 – 2006)

@Soldadito_m

Comentarios

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  2. Por Jennifer González

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  3. Por Rodrigo

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  5. Por M. Mercè

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  6. Por kris

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  10. Por Montserrat

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  12. Por Aura

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  13. Por Luis Hernan

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    • Por Soldadito

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  16. Por Olga- Casalita

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    • Por Soldadito

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  19. Por June

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  20. Por Soham trejo

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  21. Por Anouk

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    • Por Soldadito

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