Viaje redentor

Parece mentira cómo un pequeño viaje, aunque sea sólo de un fin de semana, puede desentumecer el alma y sembrar de propósitos nuestro futuro.

Dos días lejos de casa bastan para alumbrar los días venideros con una luz diferente. Nuevos proyectos que acometer, sitios que visitar, comidas que probar, libros que leer o películas que ver. Lo que sea.

Ese viaje nos saca de nuestro letargo cotidiano para ponernos delante un futuro prometedor, para que adquiramos el firme compromiso de no desperdiciar las horas. Porque nos parece mentira el aprovechamiento de dos días de viaje en comparación con 48 horas de rutina que no significan prácticamente nada.

El problema es cuánto dura ese estado inspirador. A los pocos días de la vuelta todo ese brillo se difumina y volvemos a caer en la rutina, en las horas malgastadas, en el cansancio y en la repetición. El estado de actividad frenética que alcanzamos se marchita poco a poco hasta que no queda ni rastro. Volvemos a ser nosotros, volvemos a estar atrapados en el tiempo.

el día de la marmota

Así que esos viajes suponen un paréntesis que nos saca de nuestra monotonía. Un oasis sobre nuestro desierto de hastío, que dura el periodo del viaje y los días posteriores a la vuelta, en los que el alma todavía se encuentra bajo el influjo de ese estado de ebriedad espiritual.

Quizá esos días sean los mejores para la creación.

Quizá por eso me he sentado hoy a escribir.

Porque estos días también me hacen recordar. Pienso en los viajes de vuelta a casa cuando estudiaba fuera. Aquellos viajes representaban un nuevo planning de estudio, un plan B para compensar todos los días perdidos en las semanas anteriores. Un intento desesperado por ponerme al día, por recuperar el terreno perdido ante mis compañeros, con la amarga perspectiva de que todos llevaban las materias mucho mejor que yo. A la vuelta, los libros regresaban sin haber salido siquiera de la mochila. Horarios garabateados en un folio antes del viaje, imposibles por su contenido inabarcable en tan poco tiempo, se convertían en papel mojado. Y la conciencia regresaba maltrecha, pensando en el sprint intensivo que me esperaba en días posteriores, ya a la desesperada hasta los exámenes.

Ahora en vez de estudiar leo. Y pienso en un libro perfecto para esta entrada.

La Montaña Mágica de Thomas Mann es un libro que empecé y no terminé, pero no por ello me quedó la sensación de dejar algo inacabado, como ocurre con casi todos los libros que empiezo y abandono. Aquí hago un inciso. Porque sí, abandono libros. Hace tiempo me obligaba a terminar cualquier libro empezado, aunque no me gustase. Absurda esclavitud, abrir un libro se convertía en un compromiso de llegar hasta el final, en una atadura. Ahora no, existen demasiados libros buenos esperando como para emplear mi tiempo en uno que no me haga soñar.

Decía que con La Montaña Mágica ni siquiera tengo la sensación de haberlo abandonado. Porque es un libro que puedo retomar en cualquier momento sin necesidad de retroceder sobre las páginas ya leídas. Quizá se deba a su larguísima extensión o a su narrativa lineal aunque densa.

El caso es que en las primeras páginas de este libro encontré la definición precisa de lo que significa el tiempo en esos viajes de fin de semana.

Dos jornadas de viaje alejan al hombre de su universo cotidiano, de todo lo que él consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas.

La montaña mágica – Thomas Mann (1924)

Eso me ocurre a mí. El viernes antes de partir estaba metido de lleno en mi vida cotidiana, en mis preocupaciones mundanas y en mi diálogo interior habitual. Hoy lunes quien está aquí sentado escribiendo es muy diferente de la persona que se fue. Mi línea vital ha dado un giro este fin de semana, aunque seguramente volverá por su sendero habitual mañana martes. El miércoles como mucho.

Pero merece la pena el tiempo que dura ese estado. Merece la pena salpicar la vida de esos instantes que te sacan de la rutina. De la pereza. Que alumbran el futuro, ayudan a calibrar la medida del tiempo y agitan nuestro mundo interior.

La inserción de nuevas costumbres es el único medio de que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo.

La montaña mágica – Thomas Mann (1924)

No hay mejor receta para vivir más plenamente, entonces, que introducir en nuestra vida de forma periódica elementos de ruptura frente a nuestra monotonía. Y nada mejor para ello que poner kilómetros de por medio. Quizá no vivamos más años, pero viviremos más grande. Porque a veces el tiempo no se mide en años sino en experiencias.

cuenta conmigo

El tiempo es relativo e incluso a veces lo podemos medir en otras unidades, pero para ello tengo que encontrar a la persona por la que cuente mis días.

el lado oscuro del corazón

Así que el tiempo y el espacio se convierten en dos caras de la misma moneda. Porque viajar, alejarnos del lugar habitual, actúa de forma similar al tiempo y lo acelera. Los cambios que ocurrirían en nosotros durante meses, ocurren de una forma comprimida al separarnos unos días del lugar donde vivimos. La distancia acelera nuestro proceso de cambio interior.

Hora tras hora, el espacio determina transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca el tiempo.

La montaña mágica – Thomas Mann (1924)

Por eso nos sentimos diferentes en el extranjero. Más profundos, más alerta ante cualquier estímulo, más abiertos a las vidas minúsculas que encontramos en el camino. Y no pocas veces vuelve al país de origen una persona diferente. Como si los meses transcurridos significasen años, como si las horas valiesen por días.

Esto me hace reflexionar también sobre la medida del tiempo en viajes más prolongados, de varias semanas. Los primeros días pasan despacio, la acumulación de actividades hace que las jornadas se estiren y nos parece que cada día vale por tres o cuatro. Sin embargo, con el paso de los días esta sensación se amortigua, nos acostumbramos a la nueva rutina, los días se acortan y su medida se empieza a parecer más a la habitual.

Los primeros días de permanencia en un lugar nuevo tienen un ritmo alegre, es decir, robusto y amplio, y comprende unos seis u ocho días. Pero luego, en la medida en que uno se «adapta», comienza a sentir cómo se abrevian […] y la última semana —por ejemplo, de cuatro— posee una rapidez y fugacidad inquietantes.

La montaña mágica – Thomas Mann (1924)

Luego, a la vuelta, se produce un fenómeno curioso. Aquellos días que nos parecieron tan prolongados mientras los vivíamos, se convierten en un instante fugaz al recordarlos. Mientras estábamos fuera expandimos el tiempo, un tiempo que a la vuelta se comprime en nuestra memoria.

Y en esos días tras el regreso aún quedan en nuestro interior los efectos del viaje. Todavía tenemos ese brillo especial en los ojos. Los nuevos propósitos acumulados en nuestro viaje siguen vivos en nuestra mente. Hasta que la vuelta a la normalidad apaga toda esa agitación.

Después del cambio, los primeros días en nuestra casa nos parecen también nuevos, amplios y jóvenes, pero sólo al principio […] y al cabo de veinticuatro horas es como si nunca nos hubiésemos marchado y el viaje no hubiese sido más que el sueño de una noche.

La montaña mágica – Thomas Mann (1924)

Hoy yo me encuentro en esos días posteriores al viaje. Sólo deseo aprovechar el tiempo, mi maleta vuelve carga de cosas que hacer, de propósitos, de gente que conocer. Porque cada viaje es un nuevo 1 de Enero. Momento de recomenzar. De girar. Y hay que aprovecharlo mientras dure.

kon-tiki

Por eso lucho por mantener este estado inspirador. Esa sensación de horas aprovechables hasta el último minuto. Esa alteración que hace de mi mente un terreno fértil para sembrar. Ideas, proyectos, planes de futuro y entradas por escribir. Lucho contra el hastío que ya asoma su cabeza, contra la monotonía que empieza a agarrarme por los pies para sumergirme de nuevo en el letargo, en la rutina de acciones y pensamiento. En las horas perdidas. En el tiempo lineal en el que los días se acumulan iguales uno detrás de otro. En el confort de la inacción.

Los grandes períodos de tiempo, cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu.

La montaña mágica – Thomas Mann (1924)

Sólo cabe pensar en el siguiente acontecimiento que vuelva a romper el equilibrio.

En el próximo viaje redentor que me saque de la rutina.

Que vuelva a despertarme, a agitar mi mundo.

Que me recuerde la medida del tiempo, lo que dan de sí 24 horas.

Que me haga prolongar la vida. No en años, sino en experiencias. Y que me recuerde que estoy vivo y que queda mucho por hacer.

@soldadito_m

Comentarios

  1. Por Martha

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